Desafío «Stranger Things»: ¿Cómo la ve un chaval de trece y un tipo de cuarenta?

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Todo el mundo está hablando de la estupenda serie de Netflix Stranger ThingsYo, por mi parte, y en colaboración con mi hijo, he llevado a cabo un pequeño experimento doméstico a fin de recabar más pruebas que nos permitan responder la pregunta clave que flota en el ambiente: ¿La verá igual alguien que vivió los ochenta que un muchacho que, quizá, no conozca todos los referentes culturales?

Es justo señalar que mi hijo, a pesar de contar con tan sólo trece años, posee un grado elevado por lo que respecta a la cultura popular y del audiovisual —supongo que daños colaterales de tener un padre friki—. Esto es: no parte de cero al cien por cien.

Cuando escribo estas líneas, hemos visionado cuatro capítulos, suficientes para que cada uno de nosotros se haga una idea aproximada de sus expectativas y sus impresiones iniciales sobre la serie.

El resultado, la primera valoración, de la experiencia es la siguiente. [Un pequeño spoiler deductivo: los resultados no dejan de resultar sorprendentes. Y a los dos nos está encantando 😎].

Desde su punto de vista lo que más le ha llamado la atención es la trama en sí. Me pregunta por los guiños y los homenajes fílmicos, pero no es su principal interés.

Desde mi punto de vista, lo que más me atrapa es la nostalgia. La trama (probablemente una deformación profesional mía) no me parece demasiado novedosa. Está construida siguiendo un esquema clásico, con los «trucos» bien conocidos para generar interés y hacernos sentir empatía por los personajes, pero repleta de estereotipos en todos los sentidos cuyo mayor valor reside en quedar tan a la vista que rozan el metacine o la parodia.

ConclusiónStranger Things puede ser disfrutada por toda la familia y será del agrado de todos. Algunos apreciarán una historia entretenida y otros, seguramente los más veteranos (como el que escribe estas palabras), se quedarán prendados del espíritu ochentero; de las bicis y las gorras de beisbol; de los amigos y las aventuras. En otras palabras: del recuerdo de haber sido niños.

 

Economía, liberalismo y otras cuestiones de filosofía doméstica

Tal vez, ésta sea la primera entrada de una serie de textos dedicados a lo que podríamos denominar filosofía doméstica.

En cualquier caso, voy a hablar de algo del todo alejado a los intereses normales de un escritor: la economía. En particular, voy a tratar de argumentar brevemente por qué, a pesar de su innegable atractivo teórico, el liberalismo económico ya nos ha conducido al caos.

Dado que no entiendo mucho de economía —en un sentido técnico—, y puesto que pienso que tampoco es lo que a ti, lector o lector, te interesa, te resumiré qué es eso que se entiende por liberalismo: no es otra cosa que, como su nombre ya indica, la idea de que cada cual es libre de gastar su dinero cómo y donde le dé la gana, sin tener, por lo demás, que rendir cuentas a un estado (en forma de impuestos, básicamente). Esta postura cuenta con versiones más radicales, como pueden ser el anarcocapitalismo o el minarquismo (defendido, éste, por Ayn Rand entre otros —otras, en este caso—).

A decir verdad, liberalismo y anarcocapitalismo (el minarquismo se lo dejaremos a los robots) se presentan como propuestas muy sugerentes, ya que, ¡qué demonios!, ¿a quién le gusta pagar impuestos, sobre todo si es a una panda de ladrones? ¿Quién no prefiere ser libre y disponer soberanamente de lo que ha ganado con el sudor de su frente? (La cursiva en «su» no es una errata). Sólo hay un pequeño problema, y, como buen filósofo tocapelotas, os lo voy a resumir:

 

 

El liberalismo sería algo brillante… en caso de vivir en un mundo roussoniano —ya sabéis que Jean Jacques Rousseau defendía aquello de que el hombre (ser humano) es bueno por naturaleza—. La triste realidad, sin embargo, es que vivimos en un mundo regido por la idea popularizada por Thomas Hobbes según la cual «el hombre es lobo para el hombre» (en realidad, la frase, si no me falla la memoria, procede de un poema de Plauto).

Al ser el hombre, el ser humano, un lobo para el hombre, la avaricia y la competencia sepultan toda tentativa ética genuina y espontánea —la solidadridad, hasta donde yo llego, no es una obligación—, de modo que el liberalismo extremo nos conduce al elevado nivel de desigualdad que vivimos hoy día (por cierto, ¿sabéis que en tiempos de crisis los ricos se multiplican al mismo ritmo que los pobres se desploman?).

Y ésta es la razón por la que una idea, en principio atractiva y sensato, puede, en la práctica, resultar desastrosa.

También puede que por entradas como la que tenéis en vuestras manos, casi todos los grupos políticos insistan en desterrar la filosofía de todos los planes de estudios.

¿Empezamos a pensar de una vez?

¿Qué podemos perder?

 

Tal vez dedique otra entrada a reflexionar sobre cómo acabar con el «lobo», esto es, la nueva misión de las mujeres. Permanezcan a la escucha. La cosa promete.

Creía que mi madre era japonesa

GabriZen

 

 

Lo lamento, pero he decidido no avasallar a nadie exhibiendo una foto de la belleza eterna y perfecta de mi madre —algo que, por lo demás, iría en contra de su carácter—. Lo que sí me he propuesto es compartir con vosotros una parte de mí que, indudablemente, va ligada a ella.

Me refiero a mi amor por la cultura oriental y, en particular, la japonesa.

He sentido una atracción por lo que se mueve bajo el sol naciente desde que era un muchacho. Lo que no tuve muy claro durante mucho tiempo era a raíz de qué. Después de todo, mi padre (de quien ya he hablado en alguna ocasión, como aquí o aquí), siempre ha sido un hombre de acción en el sentido más occidental del término.

Tardé unos años —aproximadamente unos veinte— en advertir que la clave residía en mi madre, esa persona a la que tanto amo y a la que tanto me parezco (o me gustaría parecerme).

No conozco a ningún otro occidental que se aproxime más al espíritu zen que ella. Sus modales serenos, su naturaleza introvertida, su fortaleza (incluso la física), su compasión, su saber conceder —y quitar— la importancia justa a las cosas, su sexto sentido, su nobleza, su empleo preciso y dosificado de las palabras, su ausencia de enjuiciamiento, su apego a la tierra, su delicadeza y atención a los «pequeños» detalles, y su infinito amor hacen que desde hace algún tiempo la vea, además de como una mujer de veinticinco o treinta años (lo siento, pero en mi mente siempre tiene esa edad y ese aspecto), como una perfecta devota del cha-no-yu —que, como bien sabéis, es el nombre que recibe la ceremonia del té—, o una discreta experta en ikebana (arreglo floral).

Dado que, al igual que los japoneses, yo también venero a mis padres, pero no suelo ser muy expresivo al respecto, esta mañana, ahora que el sol brilla después de la lluvia y los pájaros comienzan a cantar de nuevo, he querido rendir homenaje a otra de las personas que más ha contribuido a mi formación como ser humano; he querido mostrar mi gratitud y orgullo por tener el privilegio de asistir al desarrollo y evolución de una mujer fascinante y misteriosa, de alguien en quien yo mismo querría convertirme con el paso de los años.

¡Va por ti,

mamá!

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CARONTE

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Aprovechando que el #15M se acerca, hoy quiero compartir con vosotros un curioso relato, una suerte de spin-off de mi adorada Los pasajeros en el cual sabréis algo más de uno de sus personajes más enigmáticos: Caronte. Os recomiendo leer primero la novela si no queréis spoilers por un tubo. En cualquier caso, aquí la tenéis, gratis y para todo el mundo:  Caronte.

¡Disfrutad y compartid!

 

Vuelta a la casilla de salida

Se piensa generalmente que no hay nada más difícil que ser un «ronin»; que cuando el destino golpea al hombre, este pierde la confianza en sí mismo y se deja ir. En verdad, convertirse en un ronin es algo completamente diferente a lo que yo había imaginado, y constituye un estado menos desagradable de lo que parece. Ciertamente me gustaría convertirme en un ronin durante algún tiempo.

HAGAKURE, Jocho Yamamoto

 

En la vida de un escritor hay momentos decisivos. Estos suelen coincidir con la publicación de la primera novela, ganar un premio más o menos importante, la primera traducción o la primera firma de libros. Tengo la enorme suerte de haber vivido cada uno de esos momentos.

Ayer (3 de mayo de 2016), uno de mis grupos favoritos, Radiohead, desapareció de la Red de manera voluntaria y hoy (4 de mayo de 2016, coincidiendo con el #StarWarsDay —que la fuerza te acompañe—), he descubierto que también la mayor parte de mis novelas había desaparecido de las plataformas de venta online. Absolutamente todo (al menos todo aquello que, movido por la buena fe, no protegí lo suficiente). De algunas novelas he perdido incluso lo más valioso para mí: vuestras opiniones.

¿A qué se ha debido esto? Os ahorraré rodeos: hace tiempo que decidí recuperar los derechos de mis novelas, dado que algunas de las editoriales con las que trabajaba (y a las que tengo un enorme cariño) no explotaron debidamente mi obra y, entre nosotros (sé que va a sonar un tanto prosaico, pero un escritor tampoco se alimenta  de letras), facturo más en una semana por mi cuenta que en uno año bajo el paraguas de una editorial que no se vuelca en mi trabajo. Dicho desde el respeto, la humildad, el amor y una enorme gratitud.

Hoy ha debido llegar ese día; sin previo aviso mis novelas, y lo que las acompañaba, sencillamente han hecho un mutis por el foro y se han esfumado de las librerías.

No voy a andarme por las ramas: ya no necesito el respaldo de un sello, un logotipo, en la cubierta de mis novelas (ya lo he lucido durante años, y de los más prestigiosos); lo que verdaderamente necesito es implicación, un trabajo mano a mano, coordinado y bien ejecutado. De lo contrario, me basto y me sobro. O, como diría la Mala Rodríguez, «tengo un trato: lo mío es  mi saco».

Es por ello que he tomado la decisión de gestionar por mi cuenta mi trabajo hasta que no se produzca el trasvase a una editorial que verdaderamente desee hacer que este proyecto que llevo años desarrollando despegue.

Éste es un post difícil, casi doloroso, muy personal, pero que escribo con ilusión y una gran alegría: la de recuperar la fuerza del principio, la que me llevó a colarme en las páginas de los más prestigiosos medios (El PaísEl MundoQué Leer, etc.) sin más respaldo que mi propia energía y vuestro inestimable e inagotable apoyo.

A partir de ahora vuelvo a deberme sólo a vosotros y, para mostraros mi gratitud, he decido poner todas mis novelas a 0,99 € durante un periodo ilimitado a partir del 5 de mayo de 2016.

Hablo con el corazón en la mano cuando digo que no sé si este movimiento supone un «suicidio literario» o un paso adelante. Otra vez, sólo el tiempo y vosotros lo diréis.

¡Comienza la guerrilla!

¿Te unes?

Cuentas con mi agradecimiento por adelantado 😎

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Richard For(d) President

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Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias.

 

«Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias». La vieja máxima cómica resume a la perfección el estilo de este autor que deseo daros a conocer (aunque ya deberíais haber devorado toda su bibliografía). Se trata de Richard Ford, el representante más limpio del realismo sucio. Ganador del Pulitzer y el Faulkner, Íntimo amigo de Tobias Wolff y del enorme Raymond Carver, quien señaló que Ford era «el mejor escritor activo del país» —a lo que el propio Ford apostilló: «Carver no añadió “después de mí”»—.

Ford no lee las críticas (nunca las ha leído), ni tampoco tiene hijos, pues considera que «es más fácil tenerlos que criarlos».

Vive en Maine.

¿Quién podría resistirse a un autor de tales características?

De su sugerente producción, que incluye obras maestras del relato y de la narración breve, admito que me quedo con la dedicada al personaje Frank Bascombe. Ford ha dedicado una trilogía al cínico periodista deportivo reconvertido en agente inmobiliario y hombre de moderado éxito. Los tres volúmenes que la componen son El periodista deportivoEl día de la independenciaAcción de gracias, a la que acaba de sumarse un epílogo recientemente publicado por AnagramaFrancamente, Frank.

A modo de easter egg, os diré que hay uno o varios guiños a Ford y Bascombe en todas mis novelas —algunos de ellos bastante explícitos, como «te lo debía Bascombe», «cara de tenerlo todo bajo control, aun cuando no había nada que controlar» o «a pesar de su aspecto juvenil, se lo montaba como un señor de sesenta años»—.

Tampoco negaré que para la construcción de mi personaje León Poiccard me basé en James Bond, el escritor ficticio Richard Castle y el Frank Bascombe de Richard Ford.

Este dato será desconocido por la mayor parte de mis lectores, pero Poiccard es muy, muy Bascombe. Su estilo irónico, cínico, desencantado y encantador a la vez, despreocupado y seductor me atrapó y quise incorporarlo en mi propio universo.

Con la mejor de las intenciones, es decir, la de atraeros al delirante y fresco mundo que nos ofrece Richard Ford, os dejo este fragmento de El día de la independencia elegido al azar:

—¿Cuántas veces te piensas casar —dice Paul, todavía mirando a la lejana esquiadora, sin querer cruzar la mirada conmigo al referirse a este asunto; uno que le importa. Pasea la vista rápidamente alrededor, clavándola en la foto en colores, que ocupa la pared de detrás de la parrilla, de una hamburguesa en un plato blanco, con un cuenco de sopa extrañamente roja y un vaso de Coca-Cola, todo recubierto de una capa de grasa capaz de mantener atrapada a una mosca hasta el día del Juicio Final. Me ha hecho la misma pregunta no hace más de dos días, creo.

—No lo sé —digo—. Ocho, nueve veces, antes de aprender, supongo.

El libro no morirá… Pero se convertirá en otra cosa

cruz griega

 

Empieza a ser ya un debate clásico, un clásico joven: la muerte del libro (¿de la lectura?).

El editor de Planeta, Roger Domingo, ya nos lo sugería en 2014. Yo mismo reflexioné al respecto en Yorokobu. Y hoy Esteban Hernández hacía lo propio en El Confidencial. Doy por sentado que, al igual que yo, también vosotros asumís que algo está cambiando.

A pesar de las innumerables críticas, es perfectamente comprensible el giro que está tomando el sector editorial, a saber: ir a lo seguro y publicar obras a las que se les presupone, como poco, el retorno de la inversión. Esto se traduce en novelas con un perfil muy de bestseller (o aspirante —sí, hay cientos de estudios y manuales al respecto—) o trabajos firmados por celebrities.

Lo diré sin rodeos: el libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento. ¿Complemento de qué? Pues de la ocupación principal del autor. Es decir, youtubers, blogueros, periodistas, tuiteros, deportistas, presentadores de televisión, músicos, etc., etc.

El libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento.

El valor literario de la obra pasa a un segundo plano y el perfil más empresarial de las editoriales sale a relucir. Porque no debemos olvidar que una editorial es un negocio que aspira legítimamente a obtener beneficios. Dejo a otros el debate sobre las implicaciones que este giro puede tener para el futuro de las letras.

Lo queramos o no, los autores debemos afrontar este reto y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a entrar en el ruedo. De la respuesta  que demos a esta pregunta dependerá, no obstante, el impacto —al menos inmediato— de nuestra obra.

La verdadera historia de «Albatros» (La maleta de un espía)

En primer lugar, deseo daros la bienvenida a esta nueva gamberrada literaria. Es más, os pido de entrada que os suméis a la causa, pues sois la pieza clave de esta aventura.

A fin de convenceros os explicaré qué se esconde en el fondo de Albatros, una novela muy peculiar.

Como algunos de vosotros sabéis, Albatros fue publicada inicialmente por megustaescribir, sello adscrito al grupo Penguin-Random House. Tuve el privilegio de ser llamado en calidad de embajador del proyecto, es decir, un endorser, un reclamo. Estoy muy agradecido de su ofrecimiento y doy fe del brillante trabajo que llevan a cabo en la editorial, así como del excelente equipo humano que hay detrás. Sin lugar a dudas, recomendaría, especialmente a los autores que empiezan y quieren irrumpir en el mercado literario con un look profesional, que echasen un vistazo a los servicios que megustaescribir ofrece.

Indudablemente, desde un principio supimos que la nuestra era una historia pasajera, dado que mi lugar se encuentra ya dentro de la edición tradicional y lejos (aunque algunos lectores despistados lo sigan creyendo) de la autopublicación. Y así, después de un periodo de cortesía, he decidido ofrecer la novela a otra editorial —de momento, comprenderéis que reserve el dato para mí—. Esto nos lleva al meollo de la historia.

Desde el principio de mi carrera literaria, mi estrategia siempre ha sido la misma: demostrar a las editoriales que ganan más fichándome que dejándome suelto.

Mi estrategia siempre ha sido la misma: demostrar a las editoriales que resulta más rentable ficharme que dejarme suelto.

Y eso se logra con hechos.

Hay, no obstante, otra razón que me mueve a efectuar la operación guerrillera para la cual espero vuestro apoyo: aunque me debo a las editoriales (este business funciona así), mi mayor y verdadero compromiso es y será con vosotros, los lectores.

Es por ello que, mientras se concreta el traspaso editorial, he decidido explotar la novela por mi cuenta (es una medida temporal) y aprovechar esta situación excepcional para poner de manifiesto lo que siempre he creído: que se puede hacer llegar literatura de calidad a precios bajos.

Aunque me debo a las editoriales, mi mayor y verdadero compromiso es y será con vosotros, los lectores.

De este modo, entre vosotros y yo, podremos volver a pulverizar el algoritmo de Amazon —tal y como ya hemos hecho en otras ocasiones (mil GRACIAS GRACIAS GRACIAS de nuevo)— y colocar al canalla de Albatros en el lugar que le corresponde. A cambio, os ofrezco una visión bastante precisa del futuro inmediato que nos espera (¿no se os hace la boca agua?)

Éste es el plan: aprovechando que el día 10 de abril es el cumpleaños de mi madre (que tiene un sentido del humor a prueba de bombas), Albatros estará a tan sólo 0,99 € en formato digital y 8 € en edición de bolsillo hasta ese día. Ya en preventa en Amazon.

Se trata de una edición revisada y mejorada, para lo que hemos creado un sello editorial ficticio (gracias, Chevi, por el logo de BOOKLLONAIRE).

Ahora es cuando vosotros pasáis a la acción. ¿Seremos capaces de demostrar la importancia de los lectores? ¿Lograremos dejar claro cómo funciona esto? Estoy plenamente convencido de que así será. Así que gracias de nuevo y

¡comienza el espectáculo!

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The Vampyre of Time and Memory (cartas, tiempo e Internet)

Hace un par de días estuve visitando a mis padres. Siguen manteniendo mi vieja habitación intacta, ordenada, limpia. No recuerdo qué fui a buscar, pero sí lo que encontré: cartas y más cartas dentro de los cajones —esos cajones que siempre huelen a otra época—. 1992, 1993, 1994… Creo que a partir de ahí la correspondencia se hizo cada vez más infrecuente. Supongo que después sería sustituida por el email o el olvido.

También por aquel entonces había decidido que el asunto de escribir era para mí algo más que un pasatiempo o una afición. Devoraba libros de Kafka, ¡leí las obras completas de Freud a los diecisiete años!, Poe, Hesse, después Auster, Carver… Definitivamente, la literatura se me figuraba una forma de vida emocionante, mágica. Decidí convertirme en escritor, aunque tardé unos cuantos años más en materializar mi deseo, mi decisión, mi destino.

Recuerdo —ahora vuelvo a recordar— la sensación que tenía al abrir un libro, al sumergirme en sus páginas durante horas. Podría decir que mi concepto de «pasión» se forjó a partir de aquellas experiencias.

Después llegó Internet. También publiqué mis primeras novelas para descubrir… que apenas quedaba nada de esa otra época; comencé a preocuparme por lo que el lector desearía, o las editoriales aceptarían, a mirar rankings y a interesarme por las ventas de mis libros. Me relacionaba con otros escritores, me empapaba de técnicas de marketing de guerrilla y, en fin, me temo que comencé a convertir medios en fines, olvidando mi verdadero objetivo.

Descubrí que no era el único al que esto sucedía. Viejos amigos, grandes lectores, confesaban que habían reducido la intensidad lectora; escritores que tuiteaban más que trabajaban en sus novelas; textos escritos en dos meses para mantener a la audiencia, para seguir «haciendo ruido», para evitar que nos olvidasen (así funciona la maquinaria). Lo cual no deja de resultar irónico, pues éramos nosotros los primeros que ya nos habíamos olvidado de algo, en realidad, de lo más importante: de nosotros mismos, de nuestra esencia y de nuestra misión.

Tal vez creas que me estoy poniendo nostálgico, si bien debo advertirte que nada más lejos de mi intención y de la realidad. A decir verdad, empecé a darme cuenta de que ese nuevo invento que me había alejado de las cartas (Internet) también me había arrojado a un limbo mucho más inquietante. No te robaré más tiempo: el cambiazo definitivo siempre fue sustituir lo físico, lo sensual, por lo virtual.

¿Recuerdas la sensación de recibir una carta el papel? (No mientas, jamás experimentarás lo mismo al recibir una notificación de correo electrónico o mención en redes sociales). Es más, ¿recuerdas qué era aquello de no mirar compulsivamente una pantalla antes y después de ir a orinar? ¿Y los tiempos en los que la vida era una sorpresa, una aventura? (Doy por sentado que perteneces a la generación pre-móvil).

 

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De lo real (entendido como lo sensual) nos separan cada vez más y más filtros, hasta tal punto que lo físico se desdibuja, se convierte en mero concepto (cuánta razón llevabas, Hegel).

Adoro la tecnología, pero también estoy convencido de que hemos de pagar un precio elevado: prescindir del aroma, del tacto, del contacto real, de lo imprevisible, del éxtasis y la emoción, de la ilusión de que las cosas podrían ser mejores.

Piénsalo detenidamente y responde para tus adentros a la siguiente pregunta:

¿estás dispuesto a renunciar a todo aquello?

Paris, Shepard

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Conocéis a este gigante aunque no os suene su cara (que os sonará). Quizá no sepáis que estuvo casado con la enorme Jessica Lange, que tocó la batería durante una etapa de su vida o que ganó el Pulitzer. Ya os viene a la mente; lo habéis visto actuando en películas como Elegidos para la gloria, El informe pelícano, Black Hawk derribado, Magnolias de acero, etc., etc.

Ahora os diré que es el guionista, entre otras, de una de mis películas favoritas —cada vez que la veo paso dos o tres días en un inquietante aturdimiento—: me refiero a Paris, Texas, dirigida por Wim Wenders en 1984.

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Pero hoy quiero hablaros de otra de sus facetas más sugerentes: escritor. De hecho, un escritor de primera división. Al margen de sus obras teatrales, sus relatos rozan lo sublime. En España Anagrama ha publicado gran parte de su trabajo. Su estilo podría encuadrarse dentro del llamado realismo sucio, muy similar al desarrollado, sobre todo, por Raymond Carver Charles Bukowski.

Desierto, gasolina, óxido, neumáticos quemados, moteles, gasolineras abandonadas… Ya sabéis cómo funciona esto. Pero, como no deseo llevar a cabo un análisis sesudo de su obra sino, simplemente, dároslo a conocer, os dejo un fragmento tomado de sus Crónicas de motel (Anagrama, 1985), que os ayudará a comprender mi fascinación por este artista polifacético:

 

Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones ante mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

25/4/81

Homestead Valley, Ca.