Después de leer este artículo, la pornografía no te parecerá tan inofensiva

  

Tal vez te estés preguntando qué demonios hace un escritor hablando de pornografía. De modo que te responderé en pocas palabras: porque considero que se está convirtiendo un riesgo para la salud pública.

Al hilo de ciertos acontecimientos, bien conocidos por todos y todas, que guardan relación con una visión distorsionada de la sexualidad y las relaciones humanas, he considerado oportuno —ya no como escritor o filósofo, sino como padre y como hombre— dar un paso al frente y poner de manifiesto algunos de los riesgos de un «pasatiempo» para nada inofensivo. Me refiero al porno, claro que sí.

Conviene dejar claro que mi postura no tiene nada que ver ni con razones de carácter religioso o moralista, sino científicas y, por supuesto, con una motivación social. Asumo el riesgo de equivocarme, pues aún estamos en 2017 y los efectos de esta nueva «droga» sólo pueden preverse, pero señalaré algunos puntos que pueden ser clave para comprender hacia dónde nos dirigimos y cómo podemos cambiar el curso de los acontecimientos.

Digámoslo sin ambages: a fecha de hoy, los niños (y ya algunas niñas) están saturados de pornografía y material sexualmente estimulante desde mucho ante de haber mantenido relaciones sexuales reales con otra persona. ¿Qué va a suceder cuando pasen a la acción? Como mínimo, que partirán desde una concepción distorsionada de la realidad de las relaciones sexuales.

A falta de una educación sexual y afectiva, la pornografía ocupa ese lugar, convirtiéndose en la «escuela de sexo» de los más jóvenes. El problema es que los profesores, profesoras y directores del centro no están verdaderamente preocupados por el desarrollo afectivo y emocional de sus alumnos, sino única y llanamente en ganar dinero a toda costa. Si eso implica seguir ofreciendo una versión machista, degradante y cosificadora de la sexualidad, no importa. Lo que cuenta es el negocio.

¿Piensas que es casual que nuestros jóvenes sean todavía más machistas que sus padres o abuelos? Sigue leyendo.

Desafortunadamente, el asunto no acaba ahí.

En una sociedad que cree haberse liberado de las cadenas de los preceptos religiosos y moralistas (estos, normalmente, también inspirados en el verbo divino), el consumo de pornografía, si bien no es algo de que suela hablarse abiertamente, ha dejado de estar demonizado.

Esto no quita que, año tras año, las consultas médicas y psicológicas debido a problemas de adicción al sexo, cibersexo o la pornografía crezcan de manera exponencial. Y no sólo eso: por primera vez, gente cada vez más joven —incluso adolescentes— acuden a consulta aquejándose de problemas que tradicionalmente afectaban a individuos (hombres normalmente) mucho mayores, tales como la falta de deseo, la disfunción eréctil o la eyaculación precoz.

Tampoco yo había reflexionado sobre este asunto hasta que, casi por casualidad, documentándome para mis clases de deontología (sí, además de ocuparme de mis actividades literarias, soy profesor de deontología en el ámbito audiovisual), llegué a una charla TED impartida por Gary Wilson. Al principio, el escenario que Wilson dibujaba me pareció extraño y confuso. Algo que suele motivar que mi «sentido arácnido» se dispare. De modo que decidí investigar un poco más al respecto.

No tardé en toparme con las declaraciones de Gabe Deem, Noah Church o Alexander Rhodes, hombres jóvenes que, tras haber experimentado algunas de las disfunciones mencionadas anteriormente, decidieron abandonar la pornografía, la masturbación… e incluso el orgasmo (esto tiene truco. Esperad un poco). Además de sufrir tales inconvenientes, mencionaban problemas tales como la confusión mental, la depresión, la ansiedad, la culpa, el aislamiento, irritabilidad, fobia social, los problemas para establecer relaciones con personas de carne y hueso y no píxeles en una pantalla, etc.

 

Ya sé lo que estás pensando: siempre ha existido la pornografía —incluso en la antigüedad— y no parece haberle hecho daño a nadie. ¿Qué de malo iba a tener?

Conviene resaltar que el origen de los problemas que los detractores del porno mencionan se fija en la llegada de Internet de alta velocidad; la que ha permitido que en la actualidad cualquier chaval de diez o doce años (edad en la que se estima que se empieza a consumir pornografía hoy día) pueda ver más mujeres y hombres desnudos en diez minutos que sus antecesores en varias generaciones (o vidas). A diferencia de los formatos anteriores —fotografías, revistas, dibujos o incluso algún VHS—, Internet de alta velocidad favorece el denominado efecto Coolidge del que hablaré en un instante.

El efecto Coolidge, tal y como Gary Wilson sostiene, es el factor principal en la génesis de la adicción al porno.

 

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Explicaré dicho efecto Coolidge con un ejemplo. Imaginad que hay una rata macho al que se le ofrece una hembra para que pueda fecundarla. Al principio, el macho lo intentará hasta la extenuación. Mas este impulso irá agotándose de manera progresiva. Poco a poco dejará de mostrar interés en la hembra por mucho que ésta se preste a la cópula. Si a esa misma rata macho le proporcionaran otra hembra distinta, su interés y voracidad se reactivaría de inmediato. ¿Qué se sigue de aquí? Que tan importante como el acceso ilimitado al objeto de deseo resulta la variedad. Imaginad al antiguo consumidor de pornografía: por mucho que pudiera mirar y masturbarse con una misma imagen, acabaría cansándose. Y es aquí donde entra Internet de banda ancha, ya que permite tanto el acceso a casi todo el mundo y la descarga y visionado a tiempo real de imágenes y vídeos de contenido pornográfico cada vez más variado y extremo por las razones que señalaré más adelante. Todo en cantidades ilimitadas (ningún ser humano podría ya visionar todo el material pornográfico que existe).

¿Y cuál es el problema? ¡Tanto mejor! ¿No?

La cuestión es que el uso de pornografía —como de cualquier otra droga o incluso sustancia (como las que contiene la comida basura)— presenta un correlato fisiológico. En concreto, neurológico. Se ha estudiado de forma reciente la denominada neuroplasticidad del cerebro; cómo nuestro cerebro se adapta físicamente a los impulsos y estímulos que recibe. En otras palabras, que el cerebro no es estable e inmutable, sino que, de hecho, cambia estableciendo nuevas vías y redes neuronales.

Entre los diversos cambios que operan en él se halla en incremento de dopamina, un neurotransmisor conocido popular y un tanto erróneamente como la «hormona del placer», y la consiguiente necesidad de aumentar el consumo para mantener estables los niveles de dopamina. Esto es lo que le pasa a un alcohólico cuando necesita subir su dosis para que «le haga efecto». O a un drogadicto. O a un ludópata… Y no sólo eso, sino que también comienza a necesitar sustancias más fuertes: de la cerveza al whisky, de la marihuana a la cocaína… Indudablemente, no todo el mundo reacciona igual, pues cada cerebro es único. En cualquier caso, el consumo —especialmente el continuado— tiene un efecto o impacto en el sistema de recompensas del cerebro.

Aplicado al universo de la pornografía, podemos decir que esto se traducirá en pasar de unos minutos al mes o a la semana a unos minutos al día. Estos se irán convirtiendo en horas y, por el camino, el usuario (hombres en su mayoría, pero con un creciente número de mujeres) se encontrará a sí mismo o a sí misma husmeando en contenido cada vez más extremo y desagradable, hasta el punto de que lo que antes consideraba repugnante será lo único que consiga excitarle. Los pornógrafos conocen perfectamente este proceso y crean contenido cada vez más variado e intenso para satisfacer a una audiencia cada vez más insensibilizada.

Al mismo tiempo, su visión de la realidad de las relaciones sexuales se irá distorsionando lo que podrá ocasionarle no pocos inconvenientes en el futuro. A la objetización y «pornificación» de los demás se sumará una mayor desconexión entre creencias sobre el sexo y su realidad. Como Gabe Deem reconoció, había llegado un punto en el que no era capaz de ver a una chica guapa y pensar «qué sonrisa tan bonita o qué simpática» en lugar de imaginársela practicando cualquier acto sexual extremo.

Asimismo, como ya he señalado, la pornografía contribuye a seguir manteniendo vivo el machismo y la cosificación de la mujer, así como a normalizar una serie de prácticas y comportamientos del todo indeseables. De modo que resulta necesario preguntarse: ¿hay un «porno bueno»? La respuesta, a juicio de Gary Wilson, es no. Cualquier tipo de pornografía te va a afectar; lo único discutible es en qué medida.

 

Ante esta situación, e impulsados por las charlas de Wilson, su libro Your Brain Porn y el blog del mismo nombre, se han creado otras asociaciones, grupos de Reddit y comunidades destinadas a ofrecer información, apoyo y ayuda a quienes consideran que el porno ha dejado de resultar placentero y comienza a interferir en su vida laboral o personal. Las más activas son la fundada por Gabe Deem, Reboot Nation, y el proyecto No Fap.

Lo que estos grupos proponen es un programa de desintoxicación que, basándose en la idea de la neuroplasticidad, permita al cerebro recuperar su estado natural, su «configuración de fábrica»; un reseteo. El mecanismo es muy sencillo, si bien hay diversos programas y modelos.

Básicamente, el proceso consiste en superar un «reto», se recomienda un mínimo de noventa días, durante el cual el usuario se abstendrá de ver pornografía o cualquier otro contenido susceptible de resultar erótico (sí, nada de meter las narices en Facebook o Instagram o lo que sea en busca de perfiles de personas atractivas), de masturbarse y… de tener un orgasmo. Aquí es donde se establecen una serie de grados en función del compromiso, necesidades o intereses del rebooter. Si alguien tiene pareja, no padece disfunción eréctil u otra incapacidad, y desea mantener relaciones sexuales, no hay problema (aunque los partidarios del programa recomiendan abstenerse también de mantener relaciones sexuales durante el reseteo). No hay que olvidar que el objetivo de estos programas no es la promoción de la abstinencia como forma de vida, sino devolver al individuo al estado de sexualidad natural —natural en un sentido amplio, claro está—, sin la necesidad de un consumo de pornografía que o bien le dificulte relacionarse de manera adecuada con otras personas o bien le cause problemas en cualquier aspecto de su vida. Cabe recordar que estas asociaciones tampoco apelan a justificaciones religiosas o morales, sino de carácter científico.

A fin de ofrecer ayuda y apoyo a los interesados e interesadas, organizan foros abiertos donde cualquiera puede exponer sus dudas, preocupaciones o experiencias. En España también hay varios canales de Youtube que abordan la temática.

El movimiento va ganando cada vez más adeptos y en su espíritu se encuentra el deseo de transmitir una buena noticia: si eres adicto o adicta al porno, las vas a pasar canutas, pero no te preocupes. Hay solución. Y no sólo eso, podrías incluso llegar a convertirte en un «dios» o una «diosa» del sexo… saludable.

De nuevo, la clave reside en la educación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La abuela que cruzó el mundo en una bicicleta. ¡Desvelado el secreto de mis nuevas dos novelas!

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Tal y como he señalado en algunos lugares, como en este artículo para Zenda, la carrera de un escritor en el siglo XXI es (o será en breve) híbrida.

Muchos y muchas (gracias por el gesto) me preguntáis impacientes por mi nueva novela, de modo que, sin más rodeos, os informaré del estado de las cosas… Y de algún asunto más.

Todos conocéis las existencia de mi novela El mensajero (Podéis leer los primeros capítulos aquí) —para más información seguid en Twitter el hashtag #AprendeAVerLasSeñales—. A fecha de hoy, dicha novela está en manos de un par de editoriales. Y ya sabéis: éstas llevan su ritmo. Pero me interesa que esa novela salga de la mano de una gran editorial, pues pienso que podría funcionar muy bien si se gestiona adecuadamente. Esta circunstancia hace que no pueda deciros fecha exacta de publicación. Yo no tengo prisa (y os pido que tampoco la tengáis; la espera merecerá la pena).

Por otra parte, deseo adentrarme en otros terrenos literarios y quiero también ofreceros algo que os agrade. Sabéis que nunca me olvido de vosotros ni de vosotras. Lo cual nos trae al segundo punto del post: estoy terminando una novelita breve, llamada La abuela que cruzó el mundo en una bicicleta y de la cuál podéis saber más pulsando aquí. He decidido comercializarla por mi cuenta, sin ni siquiera enviarla a ninguna editorial. Las razones es que este procedimiento me permitirá hacérosla llegar antes y a un precio ajustado. Esto no quita que en el futuro una editorial se haga con los derechos, pero los más comprometidos ya la habréis leído antes. Poco a poco iré ampliando la información a través del hashtag #DoñaMaruDice.

 

Estad atentos, una nueva aventura comienza

y podéis formar parte de ella.

Unir los puntos en el cielo

¿Recuerdas aquel juego al que jugábamos de niños, el que consistía en unir los puntos numerados para descubrir qué dibujo aparecía al final?

Maru descansaba sus agotados huesos. Había sido un largo día. La bicicleta estaba apoyada a un árbol solitario que más tarde les daría cobijo.
El escritor engañado estaba junto a ella. Los dos miraban el cielo estrellado. Allí, en mitad del desierto, no había ni nubes ni edificios ni luces que dificultasen la visión de las estrellas.
—¿Ves esas estrellas? —dijo la anciana.
—Claro que sí. Son bellísimas y brillan como nunca.
—Eso es porque no hay nada que obstaculice su visión.
El escritor, tumbado boca arriba, mordisqueaba el tallo seco de un matojo.
—¿Recuerdas cuando eras niño —prosiguió doña Maru—, cuando jugabas a unir puntos para ver qué dibujo aparecía al final?
—Me encantaba —respondió el escritor con una sonrisa repleta de nostalgia.
—Pues esas estrellas son como los puntos de aquellos cuadernos. Si los unes correctamente, verás el dibujo.
—¿Y de qué dibujo se trata? —preguntó el escritor.
La anciana hizo una pausa antes de responder.
—Es el dibujo que tú mismo dibujaste siendo niño, el dibujo de lo que tú eres en realidad, pero que olvidaste, como le sucede a casi todos los adultos, cuando abandonaste la niñez. Y por eso, también como casi todos los adultos, estás triste: porque te olvidaste de quién eres en realidad.
El escritor estuvo a punto de dejar salir una lágrima.
—No te aflijas —le consoló la anciana—. Esa persona te sigue esperando. Jamás te ha abandonado. Sólo necesitas llamarla e invitarla a regresar.

«Los pasajeros» colaboran con Marsi Bionics

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Hoy quiero ofreceros otra acción dentro de la campaña Letras en acción. Pero antes, una pequeña historia.

 

Como si de la aventura de una banda de rock se tratase, recientemente recuperé los derechos de  mis novelas. Mi editorial habitual y yo nos «divorciamos». Se trató de un divorcio amistoso, elegante y nada traumático para ninguna de las partes (seguimos manteniendo una excelente relación). El caso es que decidí dejarlas descansar hasta que encontrase otro destino para ellas.

Desde los inicios de mi carrera he tenido claro que, más allá de mi labor literaria, quería desarrollar una labor social —algo que, desde entonces, he llevado a cabo en la medida de mis posibilidades—.

Lo cual nos lleva a este momento. Considerando el contenido de mi novela Los pasajeros, llegué a la conclusión de que no podría haber un mejor destino para ellos que servir a quienes más lo necesitan (tal y como sucedía en la propia novela). Y pensé que apoyar a Marsi Bionics era una fabulosa idea. Marsi Bionics es una empresa española que ha creado el primer exoesqueleto para niños [Más info aquí].

Ésta es la propuesta: hasta el 17 de julio de 2017, donaré 1 € por cada ejemplar vendido de la novela. El proceso será absolutamente transparente y se desarrollará del siguiente modo: en mi cuenta de Twitter @gabrirodenas publicaré el mismo 17 de julio un print con los ejemplares vendidos de acuerdo con Amazon; sin pudor, sin ego. ¿Qué significa esto? Que lo haré tanto si se han vendido 0, 1, 20 ejemplares como si 1.000 o 10.000.000. El número de ejemplares vendidos será la cantidad en euros que automáticamente donaré a Marsi Bionics a través de su plataforma. La donación se hará a nombre (nick) de Los pasajeros, y el print de transferencia se publicará también en Twitter.

No hay más reglas; no tienes que seguirme en Twitter. No tienes que hacer nada aparte de hacerte con la novela. El resto lo dejo a tu buena voluntad (aunque se agradece difusión).

Puedes seguir todo el proceso a través del hashtag #ElMundoQueYoQuiero.

 

Y ahora te pregunto, ¿te unes a Los pasajeros?

 

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Letras en acción

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Eduardo Galeano

 

¿Recuerdas las palabras de Eduardo Galeano «Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo»? Yo pienso en ellas a menudo. Y, francamente, estoy muy de acuerdo con el escritor uruguayo.

Es por ello que he decidido proponeros un «trato»: os regalo la que fue mi opera prima (la de verdad, la que vino antes de El búnker de Noé —tranquilos, no voy a poner enlaces de venta ni cosas por el estilo—; «la novela que no se puede comprar, sólo «hackear»), Doppelgänger (una historia poco convencional, con un nombre muy raro, que se desarrolla a caballo entre España y México) y vosotros donáis lo que estiméis oportuno a EducoSave the Children. Obviamente de manera 100% voluntaria.

Creo que ha llegado el momento de que, entre todos y todas, y mediante pequeñas acciones, contribuyamos a mejorar la situación de los más desfavorecidos —cada uno en la medida de sus posibilidades—.

Así pues, aquí tienes el enlace para descargar Doppelgänger en diversos formatos. Sólo con haber llegado hasta aquí ya has hecho mucho, pues, si no puedes contribuir de manera económica, siempre puedes dar a conocer la iniciativa.

¿Te animas a mejorar las cosas?

Somos hijos del viento

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¿Qué somos?

No veo ninguna diferencia entre unos y otros. Personas, objetos. Apoyado en el marco de la ventana miro hacia la calle. Observo fotografías de alguien que se supone que soy yo cuando era pequeño, pero no soy capaz de recordar nada. Es como si, en cierto sentido, ése no fuera yo. Y así es. Ése no soy enteramente yo.

La melancolía es la sensación que se experimenta por la pérdida del objeto amado. No sé qué objeto amado he perdido yo y, sin embargo, siento una tristeza y un vacío que no parece deberse a nada. La definición de melancolía debe estar mal formulada.

Soy un hombre sin infancia, lo cual no es el motivo de mi pena.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años. Es un asunto meramente legal, ya que mi padre se largó de casa cuando yo apenas tenía cinco meses.

¿Qué somos?

Somos el castigo por nuestros pecados. Somos el castigo por los pecados de otros.

En primavera experimento unas irrefrenables ansias de salir corriendo, de huir sin rumbo fijo. Mi padre dice que es algo que me viene de él (volví a verlo años después de que se marchase; me regaló un libro que no he llegado a leer: Pour un tombeau d´Anatole, de un tal Stéphane Mallarmé). Yo le contesto que sólo veo almendros, pienso en olivos, necesito el sol.

Las Moiras tejen para mí un destino incomprensible y fatal.

Enciendo un pitillo y miro por la ventana. Los niños aún juegan en la calle. Veo a Conchita. Veo al gordo de mierda que ya no vende tabaco en su kiosco.

El otro día un amigo (¿fue un amigo?) me llevó al cine de arte y ensayo. Pusieron películas de Val del Omar. En una de ellas se recurría a la vieja fórmula de las matemáticas de Dios: El que más da, más tiene. Una voz en off afirmaba «Pero qué ciegas son las criaturas que se apoyan en el suelo».

Hacía falta recorrer este camino absurdo para llegar hasta aquí. Fue preciso sacrificar una parte importante de mi vida para darme cuenta de eso.

Yo ya no tengo nada más, de donde se sigue que lo tengo todo. Sí, cierto que podría entregar mi tristeza, pero ¿quién puede quererla? Además, sin ella, ¿qué soy yo?

El frutero apila las cajas vacías en la puerta de la frutería. El señor Tommasi celebra su soltería bebiendo café, fumando puritos y leyendo libros extraños, vestido elegantemente, en la terraza.

Llevo quince días sin afeitarme porque ya no me reconozco.

¿Qué somos?

Somos hijos del viento.

 

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Las historias no nos pertenecen

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Tal vez lo que estoy a punto de contarte te resulte un poco extraño —en forma y contenido—. Pero creo que al final lo entenderás a la perfección.

 

Quisiera empezar hablando de la diferencia entre personalidadcarácter, aunque sea de un modo informal. La personalidad es el modo en que nos mostramos a los demás (no olvidéis que, etimológicamente, persona viene del latín y significa «máscara»; la máscara del actor en que nos convertimos), mientras que carácter hace referencia a nuestra verdadera naturaleza (proviene del griego Kharakter, el que graba). Se dice que el carácter sólo se muestra dos o tres veces en nuestra vida. Imaginad una persona tímida, débil en apariencia, pero que al verse asaltada derribase a su oponente de un golpe. Aquí podéis ver la diferencia entre personalidad y carácter.

 

Por lo que respecta a la escritura, pienso que se debería escribir desde el carácter y no desde la personalidad. Digo esto después de haber escrito varias novelas desde esta última perspectiva.

Desde mi punto de vista, el carácter es más genuino y la personalidad es una pose o un constructo un tanto artificial. Desde la personalidad, podemos organizar todo un storytelling que dé a entender que nuestra vida es un misterio excitante y que, en consecuencia, nuestras novelas presentarán esa misma cualidad. Pero lo cierto es que las historias no nos pertenecen. Al igual que el carácter, no sabemos cuándo harán su aparición ni por qué nos escogen a nosotros. El autor que piensa que las historias son elegidas ¡creadas! por él es, sencillamente, un ingenuo.

He llegado a la concusión de que un escritor es, ni más ni menos, un medium. No en el sentido esotérico del término (no solemos hablar con fantasmas —al menos, no siempre—).

Muchas personas se sorprenden al conocer al autor de tal o cual novela. «¿En serio este tipo tan simpático y amable es capaz de escribir esos libros tan turbadores?». Pues sí.

 

Para ilustrar lo que acabo de compartir con vosotros, os contaré una anécdota personal. Hace más de trece años, mucho antes de que se publicará mi primera novela «oficial» (El búnker de Noé) escribí una novelita corta: Doppelgänger. Por entonces yo era un escritor muy joven y la novela presentaba numerosos errores. Pero estaba escrita desde el carácter.

Después llegó otra etapa de  mi vida: aquella en la que traté de abrirme hueco en el mercado editorial. Para ello escribí tres novelas… desde la personalidad. No negaré que las cosas fueron bien y conseguí mi objetivo: ser fichado por una gran editorial.

Al igual que me enorgullezco de haber logrado mis objetivos, no negaré que la experiencia no fue tan gratificante como cabría esperar. No me convertí en un escritor rico y famoso, y algunas partes de mi alma preferían cubrirse la cabeza con una manta.

Trece años después de aquella novelita de nombre impronunciable, y después de haber caminado en la cuerda floja durante otros tantos, decidí afrontar la escritura desde el carácter. Fruto de ese empeño surgió El mensajero (a fecha de hoy en manos de doce editores sin piedad). La sorpresa fue enorme al descubrir que muchos elementos ya aparecían en aquel trabajo de juventud. La historia había vuelto a elegirme en lugar de tener yo que pelear con ella.

Tras leer los primeros capítulos o la obra completa (algunos lectores beta), alguien me dijo que no se explicaba cómo una novela así podía ser escrita por un tipo como yo. Mi respuesta fue la misma que hoy os doy a vosotros y es sobre lo que deseo que reflexionéis:

 

Porque las historias no nos pertenecen.

 

 

«El mensajero» Primeros capítulos

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Con la llegada de 2017 se hace necesario volver a salir al mundo, despertar a la novela que lleva varios meses durmiendo en el cajón e invitarla a que se busque la vida.

Intuyo que será un año largo y duro, pero no por ello menos divertido y cargado de buenas noticias. Lamento decir que El mensajero NO verá la luz en la que fuera mi editorial habitual, si bien todavía no he comenzado las negociaciones con ninguna otra. En pocas palabras: considerando que deseo que este trabajo entre en vuestras vidas por la puerta grande, de la mano de un gran sello, no hay fecha de publicación. Lo que no significa que no podáis ver una pequeña muestra de lo que encontraréis en el interior (si quieres saber más cosas, pulsa aquí).

Siempre he dicho que me debo más a los lectores y lectoras que a la industria —contra la cual no tengo nada y que, en líneas generales, me trata bastante bien—. Es por ello que, en un gesto de amor, compromiso y gratitud, he decidido compartir con vosotros y con vosotras unos cuantos capítulos de la novela antes ni siquiera de que sea remitida a editorial alguna.

Espero que sea de vuestro agrado y que me hagáis llegar vuestras impresiones.

Si eres usuario de Twitter, hemos habilitado el hashtag #AprendeAVerLasSeñales para que estéis informados de todas las novedades.

Bienvenidos a esta nueva aventura donde, otra vez, vosotros seréis los grandes protagonistas.

 

El Mensajero Primeros capítulos

 

13 sugerencias que me dio mi consejera espiritual

[Transcribo íntegramente los 13 sugerencias que mi consejera espiritual —la prestigiosa terapeuta Flu (por un casual también mi esposa)— me hizo llegar. Dado que ella está alejada de redes sociales y el contenido me parecía útil para los demás, con su consentimiento, aquí lo comparto con vosotros y vosotras.]

 

—No actúes impulsivamente. Haz siempre lo que consideres correcto tras meditarlo y sé tolerante con el modo en que lo reciban los demás.
 
—Sigue dando tu amor. Si a pesar de ello te golpean, lo acabarás superando, los que te golpearon sin embargo, no se podrán perdonarán haber asestado a alguien que sólo ofrecía amor. Si tú has asestado a alguien que sólo ofrecía amor, reconócelo y re instaura el equilibrio con esa relación.
 
—No hagas las cosas esperando reconocimiento o agradecimiento, pero no permitas tampoco que se te menosprecie.
 
—Sigue siendo tú. Si cambias por las decepciones vividas, los que te fallaron habrán ganado.
 
—Muéstrate compasivo con todos los seres vivientes, pero que la compasión empiece en ti, de lo contrario no podrás desarrollar la empatía con respecto a otros.
 
—Despréndete de tus prejuicios, hacia otras formas de pensamiento y hacia otras culturas. Pon en tu corazón a todos los seres con los que te encuentres, sus culturas, sus costumbres, sus raíces. Así, mirarás a los demás desde la humildad y el respeto, y podrás reconocer en el otro a un ser exactamente igual que tú.
 
—¡Quiere mucho! Pero quiérete para empezar a ti, de lo contrario el amor que ofrezcas siempre estará sujeto a condiciones.
 
—¡Ama, por encima de todo! Especialmente a los que te hirieron, a los que te fallaron, a los que te humillaron, a los que te decepcionaron. Así no darás opción a que nadie te domine.
 
—Piensa bien antes de proceder y libérate de la necesidad de explicarte y/o justificarte. Las explicaciones gratuitas pueden ser armas que en algún momento se vuelvan contra ti, y la necesidad de justificarte indica que no estás del todo seguro de tus acciones.
 
—No emitas juicios de valor y no permitas que otros los hagan en tu presencia. Recuerda que lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro. Además, ¿que te hace pensar que el próximo Pedro no serás tú?
 
—¡Sé auténtico! Déjate fluir y vive conforme a tus valores. Persigue tus sueños y que no te importen las opiniones que estos susciten.
 
—¡Vuela! Vuela por encima de las críticas. No ataques lo que no te gusta, ¡Inspírate con lo que te encanta!
 
—Por último, considera de un modo especial en tu vida a aquellos que te aceptan en tu totalidad, a esos con los que puedes ser enteramente tú. A quienes conocen tus debilidades, tus vergüenzas, tus miserias y aún así permanecen a tu lado. A ellos, colócales en un lugar exclusivo en tu corazón.
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Perdido en el Storytelling

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Esta mañana leía por casualidad una entrevista a una joven autora que está cosechando buenos éxitos escribiendo novelas dentro de un género que prefiero no señalar para no despertar suspicacias (vaya por delante el hecho de que soy de esas personas a las que siempre le alegra el éxito ajeno). La entrevista se desarrollaba por los cauces habituales en estos casos hasta que, en un momento dado, la necesidad —casi empresarial— del storytelling hizo su aparición. ¿Que qué es el storytelling? Bueno es muchas cosas, es —como su nombre indica— contar historias, pero aplicado al caso que deseo comentar es esa historia que explica por qué acabaste siendo lo que eres. Es ese accidente de Stephen King cuando fue atropellado mientras hacía jogging; ese relato del tipo que se vio en la calle con dos dólares en el bolsillo y acabó convirtiéndose en un famoso multimillonario;  es la melodía del pandillero que crecía y vivía al oeste, en Filadelfia, y que resultó ser una estrella del rap (o del boxeo) al pasar los años, es… ¿Lo pillas? Claro que sí.

Total, que allí estaba la joven y exitosa escritora con su iPhone, su cuenta de Instagram, de Twitter y de Facebook, tragando saliva —sin mucho empacho, todo sea dicho— al contar su historia personal, la razón que le llevó a escribir esa novela ya escrita varios millones de veces. Su historia era banal, artificial, carente de verdadero interés —como la de ese amigo que acaba de divorciarse, se toma tres copas con los amigos, y considera que su interesante vida es digna de ser novelada («¿Por qué no escribes una novela sobre mi vida?». Te ha pasado, ¿a que sí?)—. No obstante, ella hacía lo que la industria exige: tratar de añadir pimienta a un guiso insulso por la sencilla razón de que… ¡la salsa es lo único que cuenta del plato!

Todos sabemos que hay dos tipos de escritores (artistas en general): los Borges (la biblioteca/videoclub/Internet como fuente de inspiración y conocimiento) y los Hemingway (la vida como materia prima). No hay que sentir vergüenza por ser de un tipo o de otro. Ahora bien, el problema surge cuando, a pesar de formar parte del primer grupo, la maquinaria nos fuerza a tener que aparentar ser del segundo; nos mueve a crear una leyenda a nuestro alrededor (el misterio, la razón fundacional). Por desgracia y con frecuencia, esa historia está tan trillada como las novelas que escribimos, es tan sosa o tan insignificante, lo cual no parece importarle demasiado al público, siempre ávido de novedades. Pero éste no es el punto de mi pequeña reflexión dominical.

A lo que hoy quiero invitaros es a no creer ni crear una historia personal: ni la tienes ni te hace falta. A fin de cuentas, ni tú ni yo sabemos de dónde surge eso que llamamos inspiración, de modo que no te compliques la vida. Quizá las historias no nos pertenezcan, sino que nos eligen por una razón que no podemos comprender.

Doy otro sorbo a mi café y pienso en ti. Creo entender lo que quieres preguntarme. Admítelo. Quieres conocer mi historia personal. Pues bien, lamento desilusionarte. No hay historia personal ni drama. Mi storytelling es de bajo perfil, apenas existe, pero si insistes te contaré una breve e insustancial historia: leo, vivo, pienso y escribo. FIN.

También a ti te recomiendo lo mismo. Hazme caso: te sentirás más ligero.