Ciberespionaje y literatura

Ésta tal vez sea la entrada más inquietante de mi web. Los propios acontecimientos recientes me llevan a compartir con vosotros algunas reflexiones.

 

No es la primera vez que una novela mía se adelanta a los acontecimientos. Pienso por ejemplo en El búnker de Noé y la cuestión de Corea del Norte y Estados Unidos. No deseo hacer ningún tipo de spoiler por si alguna de las personas que están leyendo esto todavía no se han acercado a la mencionada obra. Dejé constancia de lo que iba a pasar y de lo que no. Salvo la parte más ficticia (no hay que olvidar que soy escritor y no periodista), la sucesión de acontecimientos se desarrolló según lo previsto.

 

El caso que ahora quiero comentar es todavía más sorprendente. Todo empezó la primera semana de junio de 2013. La prensa internacional, en particular The Guardian, hizo públicas las declaraciones de Edward Snowden, ex-trabajador de la CIA, sobre la existencia de programas que facilitaban el ciberespionaje. Términos como PRISMVerizon empezaron a popularizarse. Snowden afirmó que el gobierno estadounidense, presidido en ese momento por Barack Obama, vigilaba a los ciudadanos tanto estadounidenses como extranjeros, accediendo a sus teléfonos y sus correos electrónicos, llegando a sugerir que contaban con la connivencia de compañías como Google, Apple, Facebook, etc. La noticia causó un revuelo enorme, disparándose incluso las ventas del clásico de George Orwell 1984 (El Gran Hermano volvía a ponerse de moda).

Aquí llega el primer impacto: se da el caso de que aquello que Snowden desveló ya aparecía con seis meses de antelación Y CON NOMBRES Y APELLIDOS en mi novela Estación Orichalcum. 

La cosa podía quedar en una mera anécdota, algo curiosa pero sin importancia… Hasta que llegó el segundo aviso. El diario español El País publicó un artículo (al cual pertenece la imagen que aparece a continuación) donde se mencionaba que la contraseña para que el señor Snowden se comunicase con los periodistas era un cubo de Rubik.

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Aquí mi sorpresa comenzó a ir en aumento. Unos meses antes de conocer la noticia, habíamos cambiado la portada de mi primera novela El búnker de Noé y ¿sabéis qué había en ella? Pulsad aquí y preparaos para el terror.

¿Casualidad? ¿Profecía? ¿Información privilegiada? Lamento desilusionar a mis lectores, pero carezco del don de la clarividencia, aunque -tal y como os explicaré en otro momento, a propósito de #SincroniciUdad– puedo intuir el futuro (vosotros también podréis hacerlo). No soy ningún espía ni nada que se le parezca tampoco. ¿Cómo, pues, puede acertar con tanta precisión? La respuesta reside no en el mérito de mis capacidades sino en el demérito de un Sistema cada vez más obsceno y previsible; un Sistema donde ciertas instituciones y personalidades se han acostumbrado en exceso a la impunidad; un Sistema, en definitiva, que nos obligará a redefinir el concepto de privacidad claramente a la baja. Los teléfonos y correos electrónicos ya no es que puedan “pincharse”, ¡es que lo están por defecto! La tecnología lo posibilita y el marco legal queda establecido por aquellos que se sirven de tales procedimientos. Europa clama al cielo mientras está a punto de implantar de un modo salvaje su Proyecto INDECT o el mayor dispositivo de vigilancia (#surveillance) indiscriminada amparada por la ley bajo el pretexto de la “seguridad”. Minority Report Revisited.

 

Por ahora, tan sólo quería haceros partícipes de estas consideraciones. Quizá en otro momento podamos seguir hablando sobre la cuestión. Después de todo, si predije lo que sucedería, puede que conozca el desenlace…

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Un comentario en “Ciberespionaje y literatura

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