ANTIINTELECTUALISMO

ANTIINTELECTUALISMO

 

En 1996, Vicente Verdú se alzó con el XXIV Premio Anagrama de Ensayo con un libro llamado El planeta americano. En él, hacía un repaso por los aspectos más relevantes de la sociedad norteamericana (obvio).

Casi veinte años después, resulta que aquello que tanto llamaba nuestra atención –al contrastar con nuestros puntos de vista europeos- es lo que nos caracteriza como sociedad. Hemos abrazado los peores aspectos de esa otra cultura. Sí, los peores.

En su momento, me llamó poderosamente la atención el capítulo “El odio a los intelectuales”. Resulta curioso ver cómo ahora el reducto intelectual no opera en el Viejo Continente sino en ese planeta de “palurdos devoradores de hamburguesas”. ¿Es posible que cada vez sean menos ignorantes y más intelectuales debido a que las hamburguesas se han desplazado de escenario?

Pocos años antes, en 1992, Francis Fukuyama publicó su conocido ensayo El fin de la Historia y el último hombre. En él, entre otras cosas, se decía aquello de que ya no hay bárbaros a las puertas (y llevaba toda la razón; ya están todos dentro).

 

Ayer leí la noticia acerca de la firma de más de quinientos intelectuales contra el ciberespionaje, la vigilancia masiva y las actividades de la NSA. Me enternecí. Ver a muchos de mis amados escritores unidos por la defensa de la libertad y la democracia me resultó entrañable. Al cabo de unos minutos, la ternura dio pie a una sonrisa desencantada y a la tristeza. En aquellas palabras descubrí otra constatación más de un mundo que se pierde, de una figura que, sin hacer mucho ruido, va desapareciendo de la escena.

Ya no hay Historia ni intelectuales, lo cual se halla íntimamente relacionado.

La pregunta razonable es “¿Y por qué han desaparecido?”. La función de un intelectual es ser un observador crítico, pero, en una sociedad sometida a un proceso de atontamiento progresivo, una figura de ese tipo sobra.

Piensen por un segundo: nuestros gobiernos se han esforzado mucho en eliminar de los planes de estudios cualquier materia que fomente la mentalidad crítica (Filosofía, Historia –sí, esa que ya se ha extinguido-, etc.); el ocio ha ocupado todas las parcelas del ser humano (comprar, tuitear, ver televisión, redes sociales, móvil, tecnología, adultos haciendo cola para conseguir la última videoconsola… Ya lo saben ustedes, ¿para qué insistir?); los hábitos de lectura se diluyen e incluso los “guardianes de la cultura”, como las editoriales, por poner un ejemplo, se dedican a convertir al libro en un objeto de (exclusivo) consumo: libros tontos, destinados al puro entretenimiento, que no despierten conciencias.

Sí, el intelectual es una mosca cojonera, un pedante, un pesado, un tipo que parece no saber disfrutar de la vida… alguien excesivamente racional. Además, no nos engañemos, nos desagrada ese tufillo de superioridad que exudan los defensores de la cultura, siempre empeñados en recordarnos nuestra propia estupidez. La gravedad no nos conviene; deseamos ser ligeros como un tuit o una entrada en Facebook.

El problema surge cuando examinamos qué sucede tras la extinción del intelectual. Lo diré sin muchos rodeos: que los poderes fácticos se frotan las manos al intuir una inminente sociedad sumisa, mansa, feliz en su esclavitud; una masa de individuos que considera que hace suficiente manifestando su malestar en redes sociales, desde la comodidad de su sofá, a través de su iPhone, que aplaude los comentarios populistas de los gurús y otros influencers… pero que parece resistirse a pensar por sí mismo y obrar en consecuencia.

A nivel personal, sigo creyendo que el intelectual es un agente absolutamente necesario y que debemos reivindicar su existencia, su regreso. De lo contrario, ya no serán necesario ni ellos, ni la Historia ni nuestra privacidad. A fin de cuentas, poco habrá que contar que no se sepa y poco habrá que cambiar dado que, en cierto sentido, ya hemos llegado al final del camino.

 

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