Una novela de verdad

fernando_vicente_escritores

 

 

 

No os voy a engañar: hacía tiempo que no me leía una de éstas. Ya sabéis a las que me refiero: a esas novelas buenas de verdad; esas que son una especie de subordinada de cuatrocientas páginas; a esas cargadas de viajes al diccionario; a esas en las que la trama es secundaria y donde prima el lirismo, lo íntimo, lo personal, el viaje… Sí, esas novelas buenas que, de tarde en tarde, alguien reza para que regresen.

Si un autor vende poco, no es raro verle farfullar: “¡El mundo de la cultura se ha desplomado! ¡Normal que no venda, porque ahora todos son de Stephen King y yo me alío con el bando de Joyce, Proust y Cia.!”. Os suenan esas palabras, ¿verdad? Lo confieso, en algún momento, aunque casi siempre en la intimidad, yo mismo he abrazado pensamientos tan esnob. ¡Maldita literatura de consumo!

Ahora bien, siempre he adoptado la prevención de no tratar a mis coetáneos ni de imbéciles ni de analfabetos (más bien todo lo contrario). De modo que, traspasando el umbral entre lo apocalíptico y lo integrado, me dije que debía volver a esas novelas de las que muchos hablan y cada vez menos leen. Indudablemente, no diré cuál fue la elegida para llevar a cabo el experimento. No era un clásico (puedo ser iconoclasta, pero no osaría profanar una obra cumbre con mis blasfemas palabras o reflexiones); era uno de esos libros que pujan por ocupar un hueco en los mostradores de novedades de las librerías, que los editores defienden como joya y que los suplementos culturales tratan sin mucho convencimiento ni éxito de encumbrar.

¿Podría decirse que no me gustó la novela? Claro que me gustó. Estaba muy bien escrita (demasiado bien escrita), luego no llegaría muy lejos. Ésta es la paradoja. ¿Se debe eso a que los lectores son cada vez más ceporros? Ésa siempre ha sido la respuesta fácil y resentida.

Por mucho que uno se esfuerce, no puede dejar de ser hijo de una época y la nuestra está teñida de imágenes, información que circula a ritmo vertiginoso, pensamientos a 140 caracteres, series, ordenadores, whatsapp, selfies… Sí, selfies. De modo que cuando uno abre la novela íntima, personal y sintácticamente compleja, tiene la sensación de asistir a un selfie en el vacío, en la oscuridad.

¿Supone esto un ataque a la alta cultura o una crítica a ciertos escritores? Huelga decir que no. Es genial acercarse a esas novelas y a esos autores, pero seamos francos: su época dorada ha pasado y no se puede culpar a nadie. Nada los traerá de vuelta porque las condiciones que contribuyeron a que florecieran han desaparecido. Podemos llorar, patalear, rasgarnos las vestiduras, que nada resolveremos.

Lo confieso: después de haber leído uno, dos o tres libros a la semana desde los siete años (me aproximo peligrosamente a los treinta y ocho); después de haber defendido a capa y espada a Kafka, Mann, Hofmannsthal y al resto del equipo, a fecha de hoy, me quedo con Stephen King. Quizá mi cerebro se haya vuelto superficial debido al uso -o abuso- de las nuevas tecnologías (como sugería Nicholas Carr en su libro homónimo), aunque, si os apetece, también podéis llamarlo instinto de supervivencia, compatible, eso sí, con el placer culpable -y casi transgresor- de abrir de tanto en tanto uno de esos libros, aspirar su aroma y soñar con otros tiempos.

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