¿Cómo salvar a la clase media? (Y por qué debemos hacerlo)

chch-1930s

 

La humanidad ha alcanzado una madurez que le permite hacer las cosas bien.

Sin duda, nos hallamos en un periodo de cambio; un cambio mucho mayor del que algunos están dispuestos a asumir. A mi juicio, estamos frente a una disyuntiva que no es del todo novedosa: justicia o violencia. Permitidme que os lo aclare un poco más.

Hace unos días, leí un artículo en El Mundo donde se certificaba la muerte de la clase media. Se trata de un texto tan claro como desmotivador, razón por la que considero que este post puede ser de alguna utilidad.

En líneas generales, en el mencionado artículo se vuelve a poner de manifiesto la creciente brecha entre clase alta y clase baja, con la desaparición (en realidad, defunción) de la clase media como triste «daño colateral». Repito, esto no es nuevo y de hecho es bastante frecuente en sociedades como la sudamericana y otras en vías de supuesto desarrollo (digo «supuesto» porque ya no tengo claro que nuestro modelo sea el ejemplo a seguir).

En esta transición, en esta silenciosa y elaborada guerra cuya víctima es siempre el conjunto de la sociedad y para la cual se están usando armas de naturaleza económica (la sangre ya no vende), el modo de aparentar que se sigue en el  statu quo ante es mantener —aunque sea de manera cosmética— el estado del bienestar, para lo cual es preciso incrementar los impuestos a los que aún sigan produciendo. Evidentemente, mediante este mecanismo se provoca una asfixia de los pequeños empresarios y trabajadores, cuya resistencia será cada vez menor.

La consecuencia inmediata será una desconfianza y odio crecientes hacia las clases pudientes, y la segunda la violencia. Explicado brevemente: cuando los trabajadores (liberales o asalariados) y propietarios de pequeñas y medianas empresas vean que les suben los impuestos mientras que una minoría (o élite extractiva) evade impunemente sus obligaciones fiscales (u obtiene enormes facilidades —señores, Facebook NO debería pagar 5.ooo€ en impuesto de sociedades) y otros meten la mano en las arcas públicas, primero habrá desconfianza y después fraude fiscal.

En un segundo momento, si la llamada «clase baja» empieza a no poder acceder a los servicios básicos o si los bienes necesarios empiezan a escasear, habrá violencia. La Historia está llena de ejemplos: desde la Revolución Francesa hasta el III Reich. Tomad el que queráis.

¿Cómo escapar, por tanto de esta delirante espiral? Lo primero que podemos señalar es que no hace falta subir los impuestos, simplemente evitar que se evadan los que ya existen, estrangular las vías de fuga de capitales a nivel global y, por supuesto, penalizar severamente el robo de dinero púbico. Sí, ya me parece estar oyéndote: «Vale, ¿y cómo se hace eso? ¿Qué podemos hacer los ciudadanos al respecto». La primera respuesta es «votando» (esto es, botando a los amigos de lo ajeno y eligiendo a quienes estén dispuestos a adoptar medidas). La segunda, revisar algún texto sobre desobediencia civil (Thoreau tiene algunos) y obrar en consecuencia.

¿Por qué tenemos que correr este riesgo? Porque, de lo contrario, y tal y como ha sucedido con anterioridad, tarde o temprano, un acontecimiento en apariencia trivial encenderá la mecha de la violencia. Y ésta, como bien sabemos, es imparable.

Soy consciente de que no todos somos iguales ni tenemos las mismas aspiraciones, capacidad de asumir riesgos o expectativas de beneficios, de modo que mi propuesta no esconde tintes socialistas (en el mal sentido), sino que apuesta por la recuperación de la solidaridad y la justicia como valores clave de la nueva etapa que se nos presenta.

Debemos asumir que detrás de cada jugada financiera, hay objetos, productos y personas muy reales, y ni inversores ni trabajadores pueden subsistir, a la postre, los unos sin los otros. La redistribución justa y más equitativa de la riqueza se impone como un acto necesario, y en el futuro quienes sólo piensen en el beneficio económico, comenzarán a ser mal vistos y sus negocios se desplomarán.

Vivimos tiempos locos, pero también tiempos de esperanza, de sensatez y de solidaridad. Siento ser yo quien te lo diga, pero puedes aspirar a convertirte en una persona de éxito (como Oprah, Richard Branson o Tim Robbins, por ejemplo) o, simplemente, en un hortera con un yate y un descapotable que cree que podrá seguir alimentándose por siempre de números en una pantalla. Como puedes apreciar, la diferencia es notable.

En cualquier caso, tú eliges.

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