The Vampyre of Time and Memory (cartas, tiempo e Internet)

Hace un par de días estuve visitando a mis padres. Siguen manteniendo mi vieja habitación intacta, ordenada, limpia. No recuerdo qué fui a buscar, pero sí lo que encontré: cartas y más cartas dentro de los cajones —esos cajones que siempre huelen a otra época—. 1992, 1993, 1994… Creo que a partir de ahí la correspondencia se hizo cada vez más infrecuente. Supongo que después sería sustituida por el email o el olvido.

También por aquel entonces había decidido que el asunto de escribir era para mí algo más que un pasatiempo o una afición. Devoraba libros de Kafka, ¡leí las obras completas de Freud a los diecisiete años!, Poe, Hesse, después Auster, Carver… Definitivamente, la literatura se me figuraba una forma de vida emocionante, mágica. Decidí convertirme en escritor, aunque tardé unos cuantos años más en materializar mi deseo, mi decisión, mi destino.

Recuerdo —ahora vuelvo a recordar— la sensación que tenía al abrir un libro, al sumergirme en sus páginas durante horas. Podría decir que mi concepto de «pasión» se forjó a partir de aquellas experiencias.

Después llegó Internet. También publiqué mis primeras novelas para descubrir… que apenas quedaba nada de esa otra época; comencé a preocuparme por lo que el lector desearía, o las editoriales aceptarían, a mirar rankings y a interesarme por las ventas de mis libros. Me relacionaba con otros escritores, me empapaba de técnicas de marketing de guerrilla y, en fin, me temo que comencé a convertir medios en fines, olvidando mi verdadero objetivo.

Descubrí que no era el único al que esto sucedía. Viejos amigos, grandes lectores, confesaban que habían reducido la intensidad lectora; escritores que tuiteaban más que trabajaban en sus novelas; textos escritos en dos meses para mantener a la audiencia, para seguir «haciendo ruido», para evitar que nos olvidasen (así funciona la maquinaria). Lo cual no deja de resultar irónico, pues éramos nosotros los primeros que ya nos habíamos olvidado de algo, en realidad, de lo más importante: de nosotros mismos, de nuestra esencia y de nuestra misión.

Tal vez creas que me estoy poniendo nostálgico, si bien debo advertirte que nada más lejos de mi intención y de la realidad. A decir verdad, empecé a darme cuenta de que ese nuevo invento que me había alejado de las cartas (Internet) también me había arrojado a un limbo mucho más inquietante. No te robaré más tiempo: el cambiazo definitivo siempre fue sustituir lo físico, lo sensual, por lo virtual.

¿Recuerdas la sensación de recibir una carta el papel? (No mientas, jamás experimentarás lo mismo al recibir una notificación de correo electrónico o mención en redes sociales). Es más, ¿recuerdas qué era aquello de no mirar compulsivamente una pantalla antes y después de ir a orinar? ¿Y los tiempos en los que la vida era una sorpresa, una aventura? (Doy por sentado que perteneces a la generación pre-móvil).

 

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De lo real (entendido como lo sensual) nos separan cada vez más y más filtros, hasta tal punto que lo físico se desdibuja, se convierte en mero concepto (cuánta razón llevabas, Hegel).

Adoro la tecnología, pero también estoy convencido de que hemos de pagar un precio elevado: prescindir del aroma, del tacto, del contacto real, de lo imprevisible, del éxtasis y la emoción, de la ilusión de que las cosas podrían ser mejores.

Piénsalo detenidamente y responde para tus adentros a la siguiente pregunta:

¿estás dispuesto a renunciar a todo aquello?

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