Economía, liberalismo y otras cuestiones de filosofía doméstica

Tal vez, ésta sea la primera entrada de una serie de textos dedicados a lo que podríamos denominar filosofía doméstica.

En cualquier caso, voy a hablar de algo del todo alejado a los intereses normales de un escritor: la economía. En particular, voy a tratar de argumentar brevemente por qué, a pesar de su innegable atractivo teórico, el liberalismo económico ya nos ha conducido al caos.

Dado que no entiendo mucho de economía —en un sentido técnico—, y puesto que pienso que tampoco es lo que a ti, lector o lector, te interesa, te resumiré qué es eso que se entiende por liberalismo: no es otra cosa que, como su nombre ya indica, la idea de que cada cual es libre de gastar su dinero cómo y donde le dé la gana, sin tener, por lo demás, que rendir cuentas a un estado (en forma de impuestos, básicamente). Esta postura cuenta con versiones más radicales, como pueden ser el anarcocapitalismo o el minarquismo (defendido, éste, por Ayn Rand entre otros —otras, en este caso—).

A decir verdad, liberalismo y anarcocapitalismo (el minarquismo se lo dejaremos a los robots) se presentan como propuestas muy sugerentes, ya que, ¡qué demonios!, ¿a quién le gusta pagar impuestos, sobre todo si es a una panda de ladrones? ¿Quién no prefiere ser libre y disponer soberanamente de lo que ha ganado con el sudor de su frente? (La cursiva en «su» no es una errata). Sólo hay un pequeño problema, y, como buen filósofo tocapelotas, os lo voy a resumir:

 

 

El liberalismo sería algo brillante… en caso de vivir en un mundo roussoniano —ya sabéis que Jean Jacques Rousseau defendía aquello de que el hombre (ser humano) es bueno por naturaleza—. La triste realidad, sin embargo, es que vivimos en un mundo regido por la idea popularizada por Thomas Hobbes según la cual «el hombre es lobo para el hombre» (en realidad, la frase, si no me falla la memoria, procede de un poema de Plauto).

Al ser el hombre, el ser humano, un lobo para el hombre, la avaricia y la competencia sepultan toda tentativa ética genuina y espontánea —la solidadridad, hasta donde yo llego, no es una obligación—, de modo que el liberalismo extremo nos conduce al elevado nivel de desigualdad que vivimos hoy día (por cierto, ¿sabéis que en tiempos de crisis los ricos se multiplican al mismo ritmo que los pobres se desploman?).

Y ésta es la razón por la que una idea, en principio atractiva y sensato, puede, en la práctica, resultar desastrosa.

También puede que por entradas como la que tenéis en vuestras manos, casi todos los grupos políticos insistan en desterrar la filosofía de todos los planes de estudios.

¿Empezamos a pensar de una vez?

¿Qué podemos perder?

 

Tal vez dedique otra entrada a reflexionar sobre cómo acabar con el «lobo», esto es, la nueva misión de las mujeres. Permanezcan a la escucha. La cosa promete.
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