Perdido en el Storytelling

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Esta mañana leía por casualidad una entrevista a una joven autora que está cosechando buenos éxitos escribiendo novelas dentro de un género que prefiero no señalar para no despertar suspicacias (vaya por delante el hecho de que soy de esas personas a las que siempre le alegra el éxito ajeno). La entrevista se desarrollaba por los cauces habituales en estos casos hasta que, en un momento dado, la necesidad —casi empresarial— del storytelling hizo su aparición. ¿Que qué es el storytelling? Bueno es muchas cosas, es —como su nombre indica— contar historias, pero aplicado al caso que deseo comentar es esa historia que explica por qué acabaste siendo lo que eres. Es ese accidente de Stephen King cuando fue atropellado mientras hacía jogging; ese relato del tipo que se vio en la calle con dos dólares en el bolsillo y acabó convirtiéndose en un famoso multimillonario;  es la melodía del pandillero que crecía y vivía al oeste, en Filadelfia, y que resultó ser una estrella del rap (o del boxeo) al pasar los años, es… ¿Lo pillas? Claro que sí.

Total, que allí estaba la joven y exitosa escritora con su iPhone, su cuenta de Instagram, de Twitter y de Facebook, tragando saliva —sin mucho empacho, todo sea dicho— al contar su historia personal, la razón que le llevó a escribir esa novela ya escrita varios millones de veces. Su historia era banal, artificial, carente de verdadero interés —como la de ese amigo que acaba de divorciarse, se toma tres copas con los amigos, y considera que su interesante vida es digna de ser novelada («¿Por qué no escribes una novela sobre mi vida?». Te ha pasado, ¿a que sí?)—. No obstante, ella hacía lo que la industria exige: tratar de añadir pimienta a un guiso insulso por la sencilla razón de que… ¡la salsa es lo único que cuenta del plato!

Todos sabemos que hay dos tipos de escritores (artistas en general): los Borges (la biblioteca/videoclub/Internet como fuente de inspiración y conocimiento) y los Hemingway (la vida como materia prima). No hay que sentir vergüenza por ser de un tipo o de otro. Ahora bien, el problema surge cuando, a pesar de formar parte del primer grupo, la maquinaria nos fuerza a tener que aparentar ser del segundo; nos mueve a crear una leyenda a nuestro alrededor (el misterio, la razón fundacional). Por desgracia y con frecuencia, esa historia está tan trillada como las novelas que escribimos, es tan sosa o tan insignificante, lo cual no parece importarle demasiado al público, siempre ávido de novedades. Pero éste no es el punto de mi pequeña reflexión dominical.

A lo que hoy quiero invitaros es a no creer ni crear una historia personal: ni la tienes ni te hace falta. A fin de cuentas, ni tú ni yo sabemos de dónde surge eso que llamamos inspiración, de modo que no te compliques la vida. Quizá las historias no nos pertenezcan, sino que nos eligen por una razón que no podemos comprender.

Doy otro sorbo a mi café y pienso en ti. Creo entender lo que quieres preguntarme. Admítelo. Quieres conocer mi historia personal. Pues bien, lamento desilusionarte. No hay historia personal ni drama. Mi storytelling es de bajo perfil, apenas existe, pero si insistes te contaré una breve e insustancial historia: leo, vivo, pienso y escribo. FIN.

También a ti te recomiendo lo mismo. Hazme caso: te sentirás más ligero.

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