Las historias no nos pertenecen

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Tal vez lo que estoy a punto de contarte te resulte un poco extraño —en forma y contenido—. Pero creo que al final lo entenderás a la perfección.

 

Quisiera empezar hablando de la diferencia entre personalidadcarácter, aunque sea de un modo informal. La personalidad es el modo en que nos mostramos a los demás (no olvidéis que, etimológicamente, persona viene del latín y significa «máscara»; la máscara del actor en que nos convertimos), mientras que carácter hace referencia a nuestra verdadera naturaleza (proviene del griego Kharakter, el que graba). Se dice que el carácter sólo se muestra dos o tres veces en nuestra vida. Imaginad una persona tímida, débil en apariencia, pero que al verse asaltada derribase a su oponente de un golpe. Aquí podéis ver la diferencia entre personalidad y carácter.

 

Por lo que respecta a la escritura, pienso que se debería escribir desde el carácter y no desde la personalidad. Digo esto después de haber escrito varias novelas desde esta última perspectiva.

Desde mi punto de vista, el carácter es más genuino y la personalidad es una pose o un constructo un tanto artificial. Desde la personalidad, podemos organizar todo un storytelling que dé a entender que nuestra vida es un misterio excitante y que, en consecuencia, nuestras novelas presentarán esa misma cualidad. Pero lo cierto es que las historias no nos pertenecen. Al igual que el carácter, no sabemos cuándo harán su aparición ni por qué nos escogen a nosotros. El autor que piensa que las historias son elegidas ¡creadas! por él es, sencillamente, un ingenuo.

He llegado a la concusión de que un escritor es, ni más ni menos, un medium. No en el sentido esotérico del término (no solemos hablar con fantasmas —al menos, no siempre—).

Muchas personas se sorprenden al conocer al autor de tal o cual novela. «¿En serio este tipo tan simpático y amable es capaz de escribir esos libros tan turbadores?». Pues sí.

 

Para ilustrar lo que acabo de compartir con vosotros, os contaré una anécdota personal. Hace más de trece años, mucho antes de que se publicará mi primera novela «oficial» (El búnker de Noé) escribí una novelita corta: Doppelgänger. Por entonces yo era un escritor muy joven y la novela presentaba numerosos errores. Pero estaba escrita desde el carácter.

Después llegó otra etapa de  mi vida: aquella en la que traté de abrirme hueco en el mercado editorial. Para ello escribí tres novelas… desde la personalidad. No negaré que las cosas fueron bien y conseguí mi objetivo: ser fichado por una gran editorial.

Al igual que me enorgullezco de haber logrado mis objetivos, no negaré que la experiencia no fue tan gratificante como cabría esperar. No me convertí en un escritor rico y famoso, y algunas partes de mi alma preferían cubrirse la cabeza con una manta.

Trece años después de aquella novelita de nombre impronunciable, y después de haber caminado en la cuerda floja durante otros tantos, decidí afrontar la escritura desde el carácter. Fruto de ese empeño surgió El mensajero (a fecha de hoy en manos de doce editores sin piedad). La sorpresa fue enorme al descubrir que muchos elementos ya aparecían en aquel trabajo de juventud. La historia había vuelto a elegirme en lugar de tener yo que pelear con ella.

Tras leer los primeros capítulos o la obra completa (algunos lectores beta), alguien me dijo que no se explicaba cómo una novela así podía ser escrita por un tipo como yo. Mi respuesta fue la misma que hoy os doy a vosotros y es sobre lo que deseo que reflexionéis:

 

Porque las historias no nos pertenecen.

 

 

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