Somos hijos del viento

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¿Qué somos?

No veo ninguna diferencia entre unos y otros. Personas, objetos. Apoyado en el marco de la ventana miro hacia la calle. Observo fotografías de alguien que se supone que soy yo cuando era pequeño, pero no soy capaz de recordar nada. Es como si, en cierto sentido, ése no fuera yo. Y así es. Ése no soy enteramente yo.

La melancolía es la sensación que se experimenta por la pérdida del objeto amado. No sé qué objeto amado he perdido yo y, sin embargo, siento una tristeza y un vacío que no parece deberse a nada. La definición de melancolía debe estar mal formulada.

Soy un hombre sin infancia, lo cual no es el motivo de mi pena.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años. Es un asunto meramente legal, ya que mi padre se largó de casa cuando yo apenas tenía cinco meses.

¿Qué somos?

Somos el castigo por nuestros pecados. Somos el castigo por los pecados de otros.

En primavera experimento unas irrefrenables ansias de salir corriendo, de huir sin rumbo fijo. Mi padre dice que es algo que me viene de él (volví a verlo años después de que se marchase; me regaló un libro que no he llegado a leer: Pour un tombeau d´Anatole, de un tal Stéphane Mallarmé). Yo le contesto que sólo veo almendros, pienso en olivos, necesito el sol.

Las Moiras tejen para mí un destino incomprensible y fatal.

Enciendo un pitillo y miro por la ventana. Los niños aún juegan en la calle. Veo a Conchita. Veo al gordo de mierda que ya no vende tabaco en su kiosco.

El otro día un amigo (¿fue un amigo?) me llevó al cine de arte y ensayo. Pusieron películas de Val del Omar. En una de ellas se recurría a la vieja fórmula de las matemáticas de Dios: El que más da, más tiene. Una voz en off afirmaba «Pero qué ciegas son las criaturas que se apoyan en el suelo».

Hacía falta recorrer este camino absurdo para llegar hasta aquí. Fue preciso sacrificar una parte importante de mi vida para darme cuenta de eso.

Yo ya no tengo nada más, de donde se sigue que lo tengo todo. Sí, cierto que podría entregar mi tristeza, pero ¿quién puede quererla? Además, sin ella, ¿qué soy yo?

El frutero apila las cajas vacías en la puerta de la frutería. El señor Tommasi celebra su soltería bebiendo café, fumando puritos y leyendo libros extraños, vestido elegantemente, en la terraza.

Llevo quince días sin afeitarme porque ya no me reconozco.

¿Qué somos?

Somos hijos del viento.

 

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