Somos hijos del viento

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¿Qué somos?

No veo ninguna diferencia entre unos y otros. Personas, objetos. Apoyado en el marco de la ventana miro hacia la calle. Observo fotografías de alguien que se supone que soy yo cuando era pequeño, pero no soy capaz de recordar nada. Es como si, en cierto sentido, ése no fuera yo. Y así es. Ése no soy enteramente yo.

La melancolía es la sensación que se experimenta por la pérdida del objeto amado. No sé qué objeto amado he perdido yo y, sin embargo, siento una tristeza y un vacío que no parece deberse a nada. La definición de melancolía debe estar mal formulada.

Soy un hombre sin infancia, lo cual no es el motivo de mi pena.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años. Es un asunto meramente legal, ya que mi padre se largó de casa cuando yo apenas tenía cinco meses.

¿Qué somos?

Somos el castigo por nuestros pecados. Somos el castigo por los pecados de otros.

En primavera experimento unas irrefrenables ansias de salir corriendo, de huir sin rumbo fijo. Mi padre dice que es algo que me viene de él (volví a verlo años después de que se marchase; me regaló un libro que no he llegado a leer: Pour un tombeau d´Anatole, de un tal Stéphane Mallarmé). Yo le contesto que sólo veo almendros, pienso en olivos, necesito el sol.

Las Moiras tejen para mí un destino incomprensible y fatal.

Enciendo un pitillo y miro por la ventana. Los niños aún juegan en la calle. Veo a Conchita. Veo al gordo de mierda que ya no vende tabaco en su kiosco.

El otro día un amigo (¿fue un amigo?) me llevó al cine de arte y ensayo. Pusieron películas de Val del Omar. En una de ellas se recurría a la vieja fórmula de las matemáticas de Dios: El que más da, más tiene. Una voz en off afirmaba «Pero qué ciegas son las criaturas que se apoyan en el suelo».

Hacía falta recorrer este camino absurdo para llegar hasta aquí. Fue preciso sacrificar una parte importante de mi vida para darme cuenta de eso.

Yo ya no tengo nada más, de donde se sigue que lo tengo todo. Sí, cierto que podría entregar mi tristeza, pero ¿quién puede quererla? Además, sin ella, ¿qué soy yo?

El frutero apila las cajas vacías en la puerta de la frutería. El señor Tommasi celebra su soltería bebiendo café, fumando puritos y leyendo libros extraños, vestido elegantemente, en la terraza.

Llevo quince días sin afeitarme porque ya no me reconozco.

¿Qué somos?

Somos hijos del viento.

 

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Las historias no nos pertenecen

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Tal vez lo que estoy a punto de contarte te resulte un poco extraño —en forma y contenido—. Pero creo que al final lo entenderás a la perfección.

 

Quisiera empezar hablando de la diferencia entre personalidadcarácter, aunque sea de un modo informal. La personalidad es el modo en que nos mostramos a los demás (no olvidéis que, etimológicamente, persona viene del latín y significa «máscara»; la máscara del actor en que nos convertimos), mientras que carácter hace referencia a nuestra verdadera naturaleza (proviene del griego Kharakter, el que graba). Se dice que el carácter sólo se muestra dos o tres veces en nuestra vida. Imaginad una persona tímida, débil en apariencia, pero que al verse asaltada derribase a su oponente de un golpe. Aquí podéis ver la diferencia entre personalidad y carácter.

 

Por lo que respecta a la escritura, pienso que se debería escribir desde el carácter y no desde la personalidad. Digo esto después de haber escrito varias novelas desde esta última perspectiva.

Desde mi punto de vista, el carácter es más genuino y la personalidad es una pose o un constructo un tanto artificial. Desde la personalidad, podemos organizar todo un storytelling que dé a entender que nuestra vida es un misterio excitante y que, en consecuencia, nuestras novelas presentarán esa misma cualidad. Pero lo cierto es que las historias no nos pertenecen. Al igual que el carácter, no sabemos cuándo harán su aparición ni por qué nos escogen a nosotros. El autor que piensa que las historias son elegidas ¡creadas! por él es, sencillamente, un ingenuo.

He llegado a la concusión de que un escritor es, ni más ni menos, un medium. No en el sentido esotérico del término (no solemos hablar con fantasmas —al menos, no siempre—).

Muchas personas se sorprenden al conocer al autor de tal o cual novela. «¿En serio este tipo tan simpático y amable es capaz de escribir esos libros tan turbadores?». Pues sí.

 

Para ilustrar lo que acabo de compartir con vosotros, os contaré una anécdota personal. Hace más de trece años, mucho antes de que se publicará mi primera novela «oficial» (El búnker de Noé) escribí una novelita corta: Doppelgänger. Por entonces yo era un escritor muy joven y la novela presentaba numerosos errores. Pero estaba escrita desde el carácter.

Después llegó otra etapa de  mi vida: aquella en la que traté de abrirme hueco en el mercado editorial. Para ello escribí tres novelas… desde la personalidad. No negaré que las cosas fueron bien y conseguí mi objetivo: ser fichado por una gran editorial.

Al igual que me enorgullezco de haber logrado mis objetivos, no negaré que la experiencia no fue tan gratificante como cabría esperar. No me convertí en un escritor rico y famoso, y algunas partes de mi alma preferían cubrirse la cabeza con una manta.

Trece años después de aquella novelita de nombre impronunciable, y después de haber caminado en la cuerda floja durante otros tantos, decidí afrontar la escritura desde el carácter. Fruto de ese empeño surgió El mensajero (a fecha de hoy en manos de doce editores sin piedad). La sorpresa fue enorme al descubrir que muchos elementos ya aparecían en aquel trabajo de juventud. La historia había vuelto a elegirme en lugar de tener yo que pelear con ella.

Tras leer los primeros capítulos o la obra completa (algunos lectores beta), alguien me dijo que no se explicaba cómo una novela así podía ser escrita por un tipo como yo. Mi respuesta fue la misma que hoy os doy a vosotros y es sobre lo que deseo que reflexionéis:

 

Porque las historias no nos pertenecen.

 

 

«El mensajero» Primeros capítulos

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Con la llegada de 2017 se hace necesario volver a salir al mundo, despertar a la novela que lleva varios meses durmiendo en el cajón e invitarla a que se busque la vida.

Intuyo que será un año largo y duro, pero no por ello menos divertido y cargado de buenas noticias. Lamento decir que El mensajero NO verá la luz en la que fuera mi editorial habitual, si bien todavía no he comenzado las negociaciones con ninguna otra. En pocas palabras: considerando que deseo que este trabajo entre en vuestras vidas por la puerta grande, de la mano de un gran sello, no hay fecha de publicación. Lo que no significa que no podáis ver una pequeña muestra de lo que encontraréis en el interior (si quieres saber más cosas, pulsa aquí).

Siempre he dicho que me debo más a los lectores y lectoras que a la industria —contra la cual no tengo nada y que, en líneas generales, me trata bastante bien—. Es por ello que, en un gesto de amor, compromiso y gratitud, he decidido compartir con vosotros y con vosotras unos cuantos capítulos de la novela antes ni siquiera de que sea remitida a editorial alguna.

Espero que sea de vuestro agrado y que me hagáis llegar vuestras impresiones.

Si eres usuario de Twitter, hemos habilitado el hashtag #AprendeAVerLasSeñales para que estéis informados de todas las novedades.

Bienvenidos a esta nueva aventura donde, otra vez, vosotros seréis los grandes protagonistas.

 

El Mensajero Primeros capítulos

 

13 sugerencias que me dio mi consejera espiritual

[Transcribo íntegramente los 13 sugerencias que mi consejera espiritual —la prestigiosa terapeuta Flu (por un casual también mi esposa)— me hizo llegar. Dado que ella está alejada de redes sociales y el contenido me parecía útil para los demás, con su consentimiento, aquí lo comparto con vosotros y vosotras.]

 

—No actúes impulsivamente. Haz siempre lo que consideres correcto tras meditarlo y sé tolerante con el modo en que lo reciban los demás.
 
—Sigue dando tu amor. Si a pesar de ello te golpean, lo acabarás superando, los que te golpearon sin embargo, no se podrán perdonarán haber asestado a alguien que sólo ofrecía amor. Si tú has asestado a alguien que sólo ofrecía amor, reconócelo y re instaura el equilibrio con esa relación.
 
—No hagas las cosas esperando reconocimiento o agradecimiento, pero no permitas tampoco que se te menosprecie.
 
—Sigue siendo tú. Si cambias por las decepciones vividas, los que te fallaron habrán ganado.
 
—Muéstrate compasivo con todos los seres vivientes, pero que la compasión empiece en ti, de lo contrario no podrás desarrollar la empatía con respecto a otros.
 
—Despréndete de tus prejuicios, hacia otras formas de pensamiento y hacia otras culturas. Pon en tu corazón a todos los seres con los que te encuentres, sus culturas, sus costumbres, sus raíces. Así, mirarás a los demás desde la humildad y el respeto, y podrás reconocer en el otro a un ser exactamente igual que tú.
 
—¡Quiere mucho! Pero quiérete para empezar a ti, de lo contrario el amor que ofrezcas siempre estará sujeto a condiciones.
 
—¡Ama, por encima de todo! Especialmente a los que te hirieron, a los que te fallaron, a los que te humillaron, a los que te decepcionaron. Así no darás opción a que nadie te domine.
 
—Piensa bien antes de proceder y libérate de la necesidad de explicarte y/o justificarte. Las explicaciones gratuitas pueden ser armas que en algún momento se vuelvan contra ti, y la necesidad de justificarte indica que no estás del todo seguro de tus acciones.
 
—No emitas juicios de valor y no permitas que otros los hagan en tu presencia. Recuerda que lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro. Además, ¿que te hace pensar que el próximo Pedro no serás tú?
 
—¡Sé auténtico! Déjate fluir y vive conforme a tus valores. Persigue tus sueños y que no te importen las opiniones que estos susciten.
 
—¡Vuela! Vuela por encima de las críticas. No ataques lo que no te gusta, ¡Inspírate con lo que te encanta!
 
—Por último, considera de un modo especial en tu vida a aquellos que te aceptan en tu totalidad, a esos con los que puedes ser enteramente tú. A quienes conocen tus debilidades, tus vergüenzas, tus miserias y aún así permanecen a tu lado. A ellos, colócales en un lugar exclusivo en tu corazón.
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Perdido en el Storytelling

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Esta mañana leía por casualidad una entrevista a una joven autora que está cosechando buenos éxitos escribiendo novelas dentro de un género que prefiero no señalar para no despertar suspicacias (vaya por delante el hecho de que soy de esas personas a las que siempre le alegra el éxito ajeno). La entrevista se desarrollaba por los cauces habituales en estos casos hasta que, en un momento dado, la necesidad —casi empresarial— del storytelling hizo su aparición. ¿Que qué es el storytelling? Bueno es muchas cosas, es —como su nombre indica— contar historias, pero aplicado al caso que deseo comentar es esa historia que explica por qué acabaste siendo lo que eres. Es ese accidente de Stephen King cuando fue atropellado mientras hacía jogging; ese relato del tipo que se vio en la calle con dos dólares en el bolsillo y acabó convirtiéndose en un famoso multimillonario;  es la melodía del pandillero que crecía y vivía al oeste, en Filadelfia, y que resultó ser una estrella del rap (o del boxeo) al pasar los años, es… ¿Lo pillas? Claro que sí.

Total, que allí estaba la joven y exitosa escritora con su iPhone, su cuenta de Instagram, de Twitter y de Facebook, tragando saliva —sin mucho empacho, todo sea dicho— al contar su historia personal, la razón que le llevó a escribir esa novela ya escrita varios millones de veces. Su historia era banal, artificial, carente de verdadero interés —como la de ese amigo que acaba de divorciarse, se toma tres copas con los amigos, y considera que su interesante vida es digna de ser novelada («¿Por qué no escribes una novela sobre mi vida?». Te ha pasado, ¿a que sí?)—. No obstante, ella hacía lo que la industria exige: tratar de añadir pimienta a un guiso insulso por la sencilla razón de que… ¡la salsa es lo único que cuenta del plato!

Todos sabemos que hay dos tipos de escritores (artistas en general): los Borges (la biblioteca/videoclub/Internet como fuente de inspiración y conocimiento) y los Hemingway (la vida como materia prima). No hay que sentir vergüenza por ser de un tipo o de otro. Ahora bien, el problema surge cuando, a pesar de formar parte del primer grupo, la maquinaria nos fuerza a tener que aparentar ser del segundo; nos mueve a crear una leyenda a nuestro alrededor (el misterio, la razón fundacional). Por desgracia y con frecuencia, esa historia está tan trillada como las novelas que escribimos, es tan sosa o tan insignificante, lo cual no parece importarle demasiado al público, siempre ávido de novedades. Pero éste no es el punto de mi pequeña reflexión dominical.

A lo que hoy quiero invitaros es a no creer ni crear una historia personal: ni la tienes ni te hace falta. A fin de cuentas, ni tú ni yo sabemos de dónde surge eso que llamamos inspiración, de modo que no te compliques la vida. Quizá las historias no nos pertenezcan, sino que nos eligen por una razón que no podemos comprender.

Doy otro sorbo a mi café y pienso en ti. Creo entender lo que quieres preguntarme. Admítelo. Quieres conocer mi historia personal. Pues bien, lamento desilusionarte. No hay historia personal ni drama. Mi storytelling es de bajo perfil, apenas existe, pero si insistes te contaré una breve e insustancial historia: leo, vivo, pienso y escribo. FIN.

También a ti te recomiendo lo mismo. Hazme caso: te sentirás más ligero.

Las señales son el idioma que habla el Universo

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No te asustes todavía. No voy a sugerirte que pongas velas por todas partes, que recites mantras ni cosas por el estilo. Créeme, soy un tipo racional a quien le costó mucho llegar a la conclusión que estoy a punto de compartir contigo.

Como tal vez sepas (o no), acabo de terminar una novela, El mensajero —en Twitter puedes seguirle la pista a través del hashtag #AprendeAVerLasSeñales— cuyo objetivo es mostrarte cómo puedes detectar las señales que el Universo te envía constantemente a fin de guiarte a lo largo de tu travesía por esta vida y por esta tierra. ¿Con qué objetivo? Bueno, me temo que tendrás que leer la novela para saber un poco más.

Lo que hoy quiero que entiendas es que no se trata de un libro de autoayuda o desarrollo personal enmascarado, novelado. Nada de eso. Es más bien un relato inspirado en algo que a ti te sucede a diario sin que, quizá, te des cuenta.

La tesis principal es que las señales son el lenguaje que habla el Universo. Afirmo que puedes aprender a interpretarlas con un poco de entrenamiento y apertura de mente.

Para que veas de qué modo funciona este asunto y hasta qué punto está alejado del esoterismo o la magia te pondré un ejemplo en el cual he omitido los nombres para preservar su privacidad.

Muy bien, ¿estás listo?

Perfecto. Imagina que eres un escritor de clase media —ya sabes, no eres ni Ken Follet ni Arturo Pérez Reverte, pero te has abierto hueco en el delirante mundo de las editoriales y el asunto este de escribir—. Imagina que algo en tu interior te pone sobre aviso y te invita a reflexionar sobre el incierto futuro de la literatura (al menos para un gran número de autores, entre los cuales puedes incluirte). Imagina que recibes la llamada de un amigo director de cine, que te pide que le eches un vistazo al montaje de su última película. Habláis sobre cierto guionista. Imagina que, en el plazo de 24 horas, dicho guionista, a quien admiras desde siempre, entra en juego, como por casualidad. ¿Casualidad? Admítelo: ya sabes que el azar no existe. Total, ese guionista también es escritor de novelas (lo cual no ha impedido que haya sido nominado a los Oscars en alguna ocasión o que uno de sus trabajos se haya hecho con un merecido premio en Cannes). Te detienes un segundo y miras el cuadro en su conjunto con una cierta perspectiva. Alguien podría ver estos como acontecimientos aislados. Pero tú no, ¿verdad? De modo que te preguntas de qué va todo esto. ¿Se debe a una serie de complejas coincidencias? Resulta evidente que no. Si has aprendido  ver las señales —y es lo que quiero transmitirte—, sabes que hay un mensaje inicialmente oculto en todo esto. ¿Cuál es? ¿Sabrías decírmelo?

Yo te ayudaré. Este ejemplo es tan verídico como trivial, pero el mismo mecanismo funciona con asuntos más decisivos.

Bien, te detienes, dejas que tu mente se relaje y que toda tu sabiduría inconsciente, tu instinto, te dé la solución. En este caso es que convendría prestar atención al sector audiovisual, que quizá no sea mala idea pensar en trabajos que puedan rodarse (lo que no significa renunciar a tu carrera como escritor). ¿Lo vas pillando?

Ya te dije que no había nada mágico en el asunto, pero sí hay algo un tanto incomprensible y sorprendente en todo ello. Cuando abandonamos las pretensiones de racionalidad absoluta, cuando advertimos con humildad que hay cosas que escapan a nuestro conocimiento pero que operan igualmente, entonces el mensaje se revela.

A ti te corresponde dar el siguiente paso, pasar a la acción. Después, tu vida ya no volverá a ser la misma. ¿Estás dispuesto?

#AprendeAVerLasSeñales

#AprendeAVerLasSeñales

Ahora mismo tú podrías estar en el Everest, solo, intoxicado y bailando torpemente a ritmo de «It Never Rains in Southern California» de Albert Hammond. O bien podrías ser una joven profesora universitaria japonesa que, debido al mal de amores, decide arrojarse al vacío desde la azotea de su edificio. Indudablemente, también podrías formar parte de una familia siria que escapa de la guerra o de otra afincada en la isla de Lesbos. Lo que sí debes tener muy claro es que un hombre misterioso se aproxima a ti; tiene un mensaje que entregarte. Y créeme: ese mensaje cambiará tu vida para siempre.

 

Después de dos años de trabajo e innumerables tazas de café, he puesto punto final al primer borrador de mi nueva novela. Como comprenderás, estoy muy emocionado y, aunque el camino que debe recorrer es todavía largo, he pensado que sería divertido ir caldeando el ambiente mediante juegos y acertijos.

Para ello, hemos habilitado un hashtag en Twitter: #AprendeAVerLasSeñales y también iremos dando pistas vía Facebook.

 

Comienza la partida.

¿Juegas?

(Mis) Últimas palabras sobre Edición tradicional vs Autopublicación

A propósito de mis últimos artículos en Zenda, Yorokobuo aparecidos en esta misma bitácora, han vuelto a surgir los comentarios, preguntas en abierto o en privado y nuevas invitaciones a conceder alguna entrevista acerca del tema ¿Edición tradicional o Autopublicación?

Me siento verdaderamente honrado cuando alguien se dirige a mí solicitándome una opinión, unas palabras o un poco de mi tiempo para hablar sobre sobre ésta o cualquier otra cuestión. Por otra parte, soy consciente de que los mencionados artículos son muy provocadores y deliberadamente ambiguos.

Es por ello que me veo en la obligación de aclarar algunas cuestiones y zanjar de una vez por todas mi implicación en este terreno (ahora después responderé a la pregunta que tienes en mente: «¿y por qué los has escrito?»). Me encuentro en ese punto de mi carrera en que lo relevante ya no es en qué formato digo las cosas, sino lo que digo; o, en otras palabras, no deseo convertirme en abanderado de ningún movimiento, tan sólo escribir y responder gustosamente a las preguntas que tengan que ver con el contenido de  mis trabajos y no con su forma de presentación y distribución, ni con la tramoya empresarial. A partir de este punto, a todas las preguntas sobre el tema responderé remitiendo a estas palabras.

Estoy a punto de terminar una novela y, por fortuna (creedme, lo es; no hay nada más triste que un autor sin lectores ni gente que se interese por su trabajo), empezáis a interesaros por su futuro o a hacer vuestras propias cábalas.

La pregunta clave, y objeto de este post, es ¿eres más partidario de la edición tradicional o de la Autopublicación?

Si estás leyendo esto, lo más probable es que conozcas un poco mi trayectoria: comencé autopublicando mis novelas, fiché por una gran editorial, luego por otra y finalmente… recuperé los derechos de todas ellas y aprovecho este aparente impasse explotándolas por mi cuenta sin demasiado interés o implicación (pues no es mi meta), mientras los acontecimientos siguen su curso.

La respuesta a las preguntas de si soy más de editorial o de autopublicación y a por qué he escrito esa serie de artículos es la misma: soy partidario de la editorial… siempre que ésta haga bien su trabajo.

Adoro la literatura y, aun sabiendo que el mercado editorial supone un escenario comercial, un negocio que busca ser rentable, es un «negocio» que no sólo nos ha ofrecido «productos Hacendado» y otras marcas blancas, sino también a Aldous Huxley, a Julio Cortázar, a Cormac McCarthy, a Richard Ford, a Raymond Carver, a Sartre y Camus, ¡a Paul Auster!…

En resumen, mis artículos han sido dardos cariñosos y canallas a una industria mastodóntica que debe volver a recuperar su glamour, que debe reeducar al público, que cumple una función cultural y no sólo monetaria.

Espero, por tanto, haber aclarado mi punto de vista sobre la cuestión y de paso zanjar de una vez por todas esta cuestión (a menos por lo que a mí respecta).

 

Abrazos y salud

G

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Economía, liberalismo y otras cuestiones de filosofía doméstica

Tal vez, ésta sea la primera entrada de una serie de textos dedicados a lo que podríamos denominar filosofía doméstica.

En cualquier caso, voy a hablar de algo del todo alejado a los intereses normales de un escritor: la economía. En particular, voy a tratar de argumentar brevemente por qué, a pesar de su innegable atractivo teórico, el liberalismo económico ya nos ha conducido al caos.

Dado que no entiendo mucho de economía —en un sentido técnico—, y puesto que pienso que tampoco es lo que a ti, lector o lector, te interesa, te resumiré qué es eso que se entiende por liberalismo: no es otra cosa que, como su nombre ya indica, la idea de que cada cual es libre de gastar su dinero cómo y donde le dé la gana, sin tener, por lo demás, que rendir cuentas a un estado (en forma de impuestos, básicamente). Esta postura cuenta con versiones más radicales, como pueden ser el anarcocapitalismo o el minarquismo (defendido, éste, por Ayn Rand entre otros —otras, en este caso—).

A decir verdad, liberalismo y anarcocapitalismo (el minarquismo se lo dejaremos a los robots) se presentan como propuestas muy sugerentes, ya que, ¡qué demonios!, ¿a quién le gusta pagar impuestos, sobre todo si es a una panda de ladrones? ¿Quién no prefiere ser libre y disponer soberanamente de lo que ha ganado con el sudor de su frente? (La cursiva en «su» no es una errata). Sólo hay un pequeño problema, y, como buen filósofo tocapelotas, os lo voy a resumir:

 

 

El liberalismo sería algo brillante… en caso de vivir en un mundo roussoniano —ya sabéis que Jean Jacques Rousseau defendía aquello de que el hombre (ser humano) es bueno por naturaleza—. La triste realidad, sin embargo, es que vivimos en un mundo regido por la idea popularizada por Thomas Hobbes según la cual «el hombre es lobo para el hombre» (en realidad, la frase, si no me falla la memoria, procede de un poema de Plauto).

Al ser el hombre, el ser humano, un lobo para el hombre, la avaricia y la competencia sepultan toda tentativa ética genuina y espontánea —la solidadridad, hasta donde yo llego, no es una obligación—, de modo que el liberalismo extremo nos conduce al elevado nivel de desigualdad que vivimos hoy día (por cierto, ¿sabéis que en tiempos de crisis los ricos se multiplican al mismo ritmo que los pobres se desploman?).

Y ésta es la razón por la que una idea, en principio atractiva y sensato, puede, en la práctica, resultar desastrosa.

También puede que por entradas como la que tenéis en vuestras manos, casi todos los grupos políticos insistan en desterrar la filosofía de todos los planes de estudios.

¿Empezamos a pensar de una vez?

¿Qué podemos perder?

 

Tal vez dedique otra entrada a reflexionar sobre cómo acabar con el «lobo», esto es, la nueva misión de las mujeres. Permanezcan a la escucha. La cosa promete.

Creía que mi madre era japonesa

GabriZen

 

 

Lo lamento, pero he decidido no avasallar a nadie exhibiendo una foto de la belleza eterna y perfecta de mi madre —algo que, por lo demás, iría en contra de su carácter—. Lo que sí me he propuesto es compartir con vosotros una parte de mí que, indudablemente, va ligada a ella.

Me refiero a mi amor por la cultura oriental y, en particular, la japonesa.

He sentido una atracción por lo que se mueve bajo el sol naciente desde que era un muchacho. Lo que no tuve muy claro durante mucho tiempo era a raíz de qué. Después de todo, mi padre (de quien ya he hablado en alguna ocasión, como aquí o aquí), siempre ha sido un hombre de acción en el sentido más occidental del término.

Tardé unos años —aproximadamente unos veinte— en advertir que la clave residía en mi madre, esa persona a la que tanto amo y a la que tanto me parezco (o me gustaría parecerme).

No conozco a ningún otro occidental que se aproxime más al espíritu zen que ella. Sus modales serenos, su naturaleza introvertida, su fortaleza (incluso la física), su compasión, su saber conceder —y quitar— la importancia justa a las cosas, su sexto sentido, su nobleza, su empleo preciso y dosificado de las palabras, su ausencia de enjuiciamiento, su apego a la tierra, su delicadeza y atención a los «pequeños» detalles, y su infinito amor hacen que desde hace algún tiempo la vea, además de como una mujer de veinticinco o treinta años (lo siento, pero en mi mente siempre tiene esa edad y ese aspecto), como una perfecta devota del cha-no-yu —que, como bien sabéis, es el nombre que recibe la ceremonia del té—, o una discreta experta en ikebana (arreglo floral).

Dado que, al igual que los japoneses, yo también venero a mis padres, pero no suelo ser muy expresivo al respecto, esta mañana, ahora que el sol brilla después de la lluvia y los pájaros comienzan a cantar de nuevo, he querido rendir homenaje a otra de las personas que más ha contribuido a mi formación como ser humano; he querido mostrar mi gratitud y orgullo por tener el privilegio de asistir al desarrollo y evolución de una mujer fascinante y misteriosa, de alguien en quien yo mismo querría convertirme con el paso de los años.

¡Va por ti,

mamá!

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