13 sugerencias que me dio mi consejera espiritual

[Transcribo íntegramente los 13 sugerencias que mi consejera espiritual —la prestigiosa terapeuta Flu (por un casual también mi esposa)— me hizo llegar. Dado que ella está alejada de redes sociales y el contenido me parecía útil para los demás, con su consentimiento, aquí lo comparto con vosotros y vosotras.]

 

—No actúes impulsivamente. Haz siempre lo que consideres correcto tras meditarlo y sé tolerante con el modo en que lo reciban los demás.
 
—Sigue dando tu amor. Si a pesar de ello te golpean, lo acabarás superando, los que te golpearon sin embargo, no se podrán perdonarán haber asestado a alguien que sólo ofrecía amor. Si tú has asestado a alguien que sólo ofrecía amor, reconócelo y re instaura el equilibrio con esa relación.
 
—No hagas las cosas esperando reconocimiento o agradecimiento, pero no permitas tampoco que se te menosprecie.
 
—Sigue siendo tú. Si cambias por las decepciones vividas, los que te fallaron habrán ganado.
 
—Muéstrate compasivo con todos los seres vivientes, pero que la compasión empiece en ti, de lo contrario no podrás desarrollar la empatía con respecto a otros.
 
—Despréndete de tus prejuicios, hacia otras formas de pensamiento y hacia otras culturas. Pon en tu corazón a todos los seres con los que te encuentres, sus culturas, sus costumbres, sus raíces. Así, mirarás a los demás desde la humildad y el respeto, y podrás reconocer en el otro a un ser exactamente igual que tú.
 
—¡Quiere mucho! Pero quiérete para empezar a ti, de lo contrario el amor que ofrezcas siempre estará sujeto a condiciones.
 
—¡Ama, por encima de todo! Especialmente a los que te hirieron, a los que te fallaron, a los que te humillaron, a los que te decepcionaron. Así no darás opción a que nadie te domine.
 
—Piensa bien antes de proceder y libérate de la necesidad de explicarte y/o justificarte. Las explicaciones gratuitas pueden ser armas que en algún momento se vuelvan contra ti, y la necesidad de justificarte indica que no estás del todo seguro de tus acciones.
 
—No emitas juicios de valor y no permitas que otros los hagan en tu presencia. Recuerda que lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro. Además, ¿que te hace pensar que el próximo Pedro no serás tú?
 
—¡Sé auténtico! Déjate fluir y vive conforme a tus valores. Persigue tus sueños y que no te importen las opiniones que estos susciten.
 
—¡Vuela! Vuela por encima de las críticas. No ataques lo que no te gusta, ¡Inspírate con lo que te encanta!
 
—Por último, considera de un modo especial en tu vida a aquellos que te aceptan en tu totalidad, a esos con los que puedes ser enteramente tú. A quienes conocen tus debilidades, tus vergüenzas, tus miserias y aún así permanecen a tu lado. A ellos, colócales en un lugar exclusivo en tu corazón.
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Perdido en el Storytelling

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Esta mañana leía por casualidad una entrevista a una joven autora que está cosechando buenos éxitos escribiendo novelas dentro de un género que prefiero no señalar para no despertar suspicacias (vaya por delante el hecho de que soy de esas personas a las que siempre le alegra el éxito ajeno). La entrevista se desarrollaba por los cauces habituales en estos casos hasta que, en un momento dado, la necesidad —casi empresarial— del storytelling hizo su aparición. ¿Que qué es el storytelling? Bueno es muchas cosas, es —como su nombre indica— contar historias, pero aplicado al caso que deseo comentar es esa historia que explica por qué acabaste siendo lo que eres. Es ese accidente de Stephen King cuando fue atropellado mientras hacía jogging; ese relato del tipo que se vio en la calle con dos dólares en el bolsillo y acabó convirtiéndose en un famoso multimillonario;  es la melodía del pandillero que crecía y vivía al oeste, en Filadelfia, y que resultó ser una estrella del rap (o del boxeo) al pasar los años, es… ¿Lo pillas? Claro que sí.

Total, que allí estaba la joven y exitosa escritora con su iPhone, su cuenta de Instagram, de Twitter y de Facebook, tragando saliva —sin mucho empacho, todo sea dicho— al contar su historia personal, la razón que le llevó a escribir esa novela ya escrita varios millones de veces. Su historia era banal, artificial, carente de verdadero interés —como la de ese amigo que acaba de divorciarse, se toma tres copas con los amigos, y considera que su interesante vida es digna de ser novelada («¿Por qué no escribes una novela sobre mi vida?». Te ha pasado, ¿a que sí?)—. No obstante, ella hacía lo que la industria exige: tratar de añadir pimienta a un guiso insulso por la sencilla razón de que… ¡la salsa es lo único que cuenta del plato!

Todos sabemos que hay dos tipos de escritores (artistas en general): los Borges (la biblioteca/videoclub/Internet como fuente de inspiración y conocimiento) y los Hemingway (la vida como materia prima). No hay que sentir vergüenza por ser de un tipo o de otro. Ahora bien, el problema surge cuando, a pesar de formar parte del primer grupo, la maquinaria nos fuerza a tener que aparentar ser del segundo; nos mueve a crear una leyenda a nuestro alrededor (el misterio, la razón fundacional). Por desgracia y con frecuencia, esa historia está tan trillada como las novelas que escribimos, es tan sosa o tan insignificante, lo cual no parece importarle demasiado al público, siempre ávido de novedades. Pero éste no es el punto de mi pequeña reflexión dominical.

A lo que hoy quiero invitaros es a no creer ni crear una historia personal: ni la tienes ni te hace falta. A fin de cuentas, ni tú ni yo sabemos de dónde surge eso que llamamos inspiración, de modo que no te compliques la vida. Quizá las historias no nos pertenezcan, sino que nos eligen por una razón que no podemos comprender.

Doy otro sorbo a mi café y pienso en ti. Creo entender lo que quieres preguntarme. Admítelo. Quieres conocer mi historia personal. Pues bien, lamento desilusionarte. No hay historia personal ni drama. Mi storytelling es de bajo perfil, apenas existe, pero si insistes te contaré una breve e insustancial historia: leo, vivo, pienso y escribo. FIN.

También a ti te recomiendo lo mismo. Hazme caso: te sentirás más ligero.

Las señales son el idioma que habla el Universo

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No te asustes todavía. No voy a sugerirte que pongas velas por todas partes, que recites mantras ni cosas por el estilo. Créeme, soy un tipo racional a quien le costó mucho llegar a la conclusión que estoy a punto de compartir contigo.

Como tal vez sepas (o no), acabo de terminar una novela, El mensajero —en Twitter puedes seguirle la pista a través del hashtag #AprendeAVerLasSeñales— cuyo objetivo es mostrarte cómo puedes detectar las señales que el Universo te envía constantemente a fin de guiarte a lo largo de tu travesía por esta vida y por esta tierra. ¿Con qué objetivo? Bueno, me temo que tendrás que leer la novela para saber un poco más.

Lo que hoy quiero que entiendas es que no se trata de un libro de autoayuda o desarrollo personal enmascarado, novelado. Nada de eso. Es más bien un relato inspirado en algo que a ti te sucede a diario sin que, quizá, te des cuenta.

La tesis principal es que las señales son el lenguaje que habla el Universo. Afirmo que puedes aprender a interpretarlas con un poco de entrenamiento y apertura de mente.

Para que veas de qué modo funciona este asunto y hasta qué punto está alejado del esoterismo o la magia te pondré un ejemplo en el cual he omitido los nombres para preservar su privacidad.

Muy bien, ¿estás listo?

Perfecto. Imagina que eres un escritor de clase media —ya sabes, no eres ni Ken Follet ni Arturo Pérez Reverte, pero te has abierto hueco en el delirante mundo de las editoriales y el asunto este de escribir—. Imagina que algo en tu interior te pone sobre aviso y te invita a reflexionar sobre el incierto futuro de la literatura (al menos para un gran número de autores, entre los cuales puedes incluirte). Imagina que recibes la llamada de un amigo director de cine, que te pide que le eches un vistazo al montaje de su última película. Habláis sobre cierto guionista. Imagina que, en el plazo de 24 horas, dicho guionista, a quien admiras desde siempre, entra en juego, como por casualidad. ¿Casualidad? Admítelo: ya sabes que el azar no existe. Total, ese guionista también es escritor de novelas (lo cual no ha impedido que haya sido nominado a los Oscars en alguna ocasión o que uno de sus trabajos se haya hecho con un merecido premio en Cannes). Te detienes un segundo y miras el cuadro en su conjunto con una cierta perspectiva. Alguien podría ver estos como acontecimientos aislados. Pero tú no, ¿verdad? De modo que te preguntas de qué va todo esto. ¿Se debe a una serie de complejas coincidencias? Resulta evidente que no. Si has aprendido  ver las señales —y es lo que quiero transmitirte—, sabes que hay un mensaje inicialmente oculto en todo esto. ¿Cuál es? ¿Sabrías decírmelo?

Yo te ayudaré. Este ejemplo es tan verídico como trivial, pero el mismo mecanismo funciona con asuntos más decisivos.

Bien, te detienes, dejas que tu mente se relaje y que toda tu sabiduría inconsciente, tu instinto, te dé la solución. En este caso es que convendría prestar atención al sector audiovisual, que quizá no sea mala idea pensar en trabajos que puedan rodarse (lo que no significa renunciar a tu carrera como escritor). ¿Lo vas pillando?

Ya te dije que no había nada mágico en el asunto, pero sí hay algo un tanto incomprensible y sorprendente en todo ello. Cuando abandonamos las pretensiones de racionalidad absoluta, cuando advertimos con humildad que hay cosas que escapan a nuestro conocimiento pero que operan igualmente, entonces el mensaje se revela.

A ti te corresponde dar el siguiente paso, pasar a la acción. Después, tu vida ya no volverá a ser la misma. ¿Estás dispuesto?

#AprendeAVerLasSeñales

#AprendeAVerLasSeñales

Ahora mismo tú podrías estar en el Everest, solo, intoxicado y bailando torpemente a ritmo de «It Never Rains in Southern California» de Albert Hammond. O bien podrías ser una joven profesora universitaria japonesa que, debido al mal de amores, decide arrojarse al vacío desde la azotea de su edificio. Indudablemente, también podrías formar parte de una familia siria que escapa de la guerra o de otra afincada en la isla de Lesbos. Lo que sí debes tener muy claro es que un hombre misterioso se aproxima a ti; tiene un mensaje que entregarte. Y créeme: ese mensaje cambiará tu vida para siempre.

 

Después de dos años de trabajo e innumerables tazas de café, he puesto punto final al primer borrador de mi nueva novela. Como comprenderás, estoy muy emocionado y, aunque el camino que debe recorrer es todavía largo, he pensado que sería divertido ir caldeando el ambiente mediante juegos y acertijos.

Para ello, hemos habilitado un hashtag en Twitter: #AprendeAVerLasSeñales y también iremos dando pistas vía Facebook.

 

Comienza la partida.

¿Juegas?

(Mis) Últimas palabras sobre Edición tradicional vs Autopublicación

A propósito de mis últimos artículos en Zenda, Yorokobuo aparecidos en esta misma bitácora, han vuelto a surgir los comentarios, preguntas en abierto o en privado y nuevas invitaciones a conceder alguna entrevista acerca del tema ¿Edición tradicional o Autopublicación?

Me siento verdaderamente honrado cuando alguien se dirige a mí solicitándome una opinión, unas palabras o un poco de mi tiempo para hablar sobre sobre ésta o cualquier otra cuestión. Por otra parte, soy consciente de que los mencionados artículos son muy provocadores y deliberadamente ambiguos.

Es por ello que me veo en la obligación de aclarar algunas cuestiones y zanjar de una vez por todas mi implicación en este terreno (ahora después responderé a la pregunta que tienes en mente: «¿y por qué los has escrito?»). Me encuentro en ese punto de mi carrera en que lo relevante ya no es en qué formato digo las cosas, sino lo que digo; o, en otras palabras, no deseo convertirme en abanderado de ningún movimiento, tan sólo escribir y responder gustosamente a las preguntas que tengan que ver con el contenido de  mis trabajos y no con su forma de presentación y distribución, ni con la tramoya empresarial. A partir de este punto, a todas las preguntas sobre el tema responderé remitiendo a estas palabras.

Estoy a punto de terminar una novela y, por fortuna (creedme, lo es; no hay nada más triste que un autor sin lectores ni gente que se interese por su trabajo), empezáis a interesaros por su futuro o a hacer vuestras propias cábalas.

La pregunta clave, y objeto de este post, es ¿eres más partidario de la edición tradicional o de la Autopublicación?

Si estás leyendo esto, lo más probable es que conozcas un poco mi trayectoria: comencé autopublicando mis novelas, fiché por una gran editorial, luego por otra y finalmente… recuperé los derechos de todas ellas y aprovecho este aparente impasse explotándolas por mi cuenta sin demasiado interés o implicación (pues no es mi meta), mientras los acontecimientos siguen su curso.

La respuesta a las preguntas de si soy más de editorial o de autopublicación y a por qué he escrito esa serie de artículos es la misma: soy partidario de la editorial… siempre que ésta haga bien su trabajo.

Adoro la literatura y, aun sabiendo que el mercado editorial supone un escenario comercial, un negocio que busca ser rentable, es un «negocio» que no sólo nos ha ofrecido «productos Hacendado» y otras marcas blancas, sino también a Aldous Huxley, a Julio Cortázar, a Cormac McCarthy, a Richard Ford, a Raymond Carver, a Sartre y Camus, ¡a Paul Auster!…

En resumen, mis artículos han sido dardos cariñosos y canallas a una industria mastodóntica que debe volver a recuperar su glamour, que debe reeducar al público, que cumple una función cultural y no sólo monetaria.

Espero, por tanto, haber aclarado mi punto de vista sobre la cuestión y de paso zanjar de una vez por todas esta cuestión (a menos por lo que a mí respecta).

 

Abrazos y salud

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Desafío «Stranger Things»: ¿Cómo la ve un chaval de trece y un tipo de cuarenta?

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Todo el mundo está hablando de la estupenda serie de Netflix Stranger ThingsYo, por mi parte, y en colaboración con mi hijo, he llevado a cabo un pequeño experimento doméstico a fin de recabar más pruebas que nos permitan responder la pregunta clave que flota en el ambiente: ¿La verá igual alguien que vivió los ochenta que un muchacho que, quizá, no conozca todos los referentes culturales?

Es justo señalar que mi hijo, a pesar de contar con tan sólo trece años, posee un grado elevado por lo que respecta a la cultura popular y del audiovisual —supongo que daños colaterales de tener un padre friki—. Esto es: no parte de cero al cien por cien.

Cuando escribo estas líneas, hemos visionado cuatro capítulos, suficientes para que cada uno de nosotros se haga una idea aproximada de sus expectativas y sus impresiones iniciales sobre la serie.

El resultado, la primera valoración, de la experiencia es la siguiente. [Un pequeño spoiler deductivo: los resultados no dejan de resultar sorprendentes. Y a los dos nos está encantando 😎].

Desde su punto de vista lo que más le ha llamado la atención es la trama en sí. Me pregunta por los guiños y los homenajes fílmicos, pero no es su principal interés.

Desde mi punto de vista, lo que más me atrapa es la nostalgia. La trama (probablemente una deformación profesional mía) no me parece demasiado novedosa. Está construida siguiendo un esquema clásico, con los «trucos» bien conocidos para generar interés y hacernos sentir empatía por los personajes, pero repleta de estereotipos en todos los sentidos cuyo mayor valor reside en quedar tan a la vista que rozan el metacine o la parodia.

ConclusiónStranger Things puede ser disfrutada por toda la familia y será del agrado de todos. Algunos apreciarán una historia entretenida y otros, seguramente los más veteranos (como el que escribe estas palabras), se quedarán prendados del espíritu ochentero; de las bicis y las gorras de beisbol; de los amigos y las aventuras. En otras palabras: del recuerdo de haber sido niños.

 

Creía que mi madre era japonesa

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Lo lamento, pero he decidido no avasallar a nadie exhibiendo una foto de la belleza eterna y perfecta de mi madre —algo que, por lo demás, iría en contra de su carácter—. Lo que sí me he propuesto es compartir con vosotros una parte de mí que, indudablemente, va ligada a ella.

Me refiero a mi amor por la cultura oriental y, en particular, la japonesa.

He sentido una atracción por lo que se mueve bajo el sol naciente desde que era un muchacho. Lo que no tuve muy claro durante mucho tiempo era a raíz de qué. Después de todo, mi padre (de quien ya he hablado en alguna ocasión, como aquí o aquí), siempre ha sido un hombre de acción en el sentido más occidental del término.

Tardé unos años —aproximadamente unos veinte— en advertir que la clave residía en mi madre, esa persona a la que tanto amo y a la que tanto me parezco (o me gustaría parecerme).

No conozco a ningún otro occidental que se aproxime más al espíritu zen que ella. Sus modales serenos, su naturaleza introvertida, su fortaleza (incluso la física), su compasión, su saber conceder —y quitar— la importancia justa a las cosas, su sexto sentido, su nobleza, su empleo preciso y dosificado de las palabras, su ausencia de enjuiciamiento, su apego a la tierra, su delicadeza y atención a los «pequeños» detalles, y su infinito amor hacen que desde hace algún tiempo la vea, además de como una mujer de veinticinco o treinta años (lo siento, pero en mi mente siempre tiene esa edad y ese aspecto), como una perfecta devota del cha-no-yu —que, como bien sabéis, es el nombre que recibe la ceremonia del té—, o una discreta experta en ikebana (arreglo floral).

Dado que, al igual que los japoneses, yo también venero a mis padres, pero no suelo ser muy expresivo al respecto, esta mañana, ahora que el sol brilla después de la lluvia y los pájaros comienzan a cantar de nuevo, he querido rendir homenaje a otra de las personas que más ha contribuido a mi formación como ser humano; he querido mostrar mi gratitud y orgullo por tener el privilegio de asistir al desarrollo y evolución de una mujer fascinante y misteriosa, de alguien en quien yo mismo querría convertirme con el paso de los años.

¡Va por ti,

mamá!

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CARONTE

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Aprovechando que el #15M se acerca, hoy quiero compartir con vosotros un curioso relato, una suerte de spin-off de mi adorada Los pasajeros en el cual sabréis algo más de uno de sus personajes más enigmáticos: Caronte. Os recomiendo leer primero la novela si no queréis spoilers por un tubo. En cualquier caso, aquí la tenéis, gratis y para todo el mundo:  Caronte.

¡Disfrutad y compartid!

 

Richard For(d) President

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Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias.

 

«Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias». La vieja máxima cómica resume a la perfección el estilo de este autor que deseo daros a conocer (aunque ya deberíais haber devorado toda su bibliografía). Se trata de Richard Ford, el representante más limpio del realismo sucio. Ganador del Pulitzer y el Faulkner, Íntimo amigo de Tobias Wolff y del enorme Raymond Carver, quien señaló que Ford era «el mejor escritor activo del país» —a lo que el propio Ford apostilló: «Carver no añadió “después de mí”»—.

Ford no lee las críticas (nunca las ha leído), ni tampoco tiene hijos, pues considera que «es más fácil tenerlos que criarlos».

Vive en Maine.

¿Quién podría resistirse a un autor de tales características?

De su sugerente producción, que incluye obras maestras del relato y de la narración breve, admito que me quedo con la dedicada al personaje Frank Bascombe. Ford ha dedicado una trilogía al cínico periodista deportivo reconvertido en agente inmobiliario y hombre de moderado éxito. Los tres volúmenes que la componen son El periodista deportivoEl día de la independenciaAcción de gracias, a la que acaba de sumarse un epílogo recientemente publicado por AnagramaFrancamente, Frank.

A modo de easter egg, os diré que hay uno o varios guiños a Ford y Bascombe en todas mis novelas —algunos de ellos bastante explícitos, como «te lo debía Bascombe», «cara de tenerlo todo bajo control, aun cuando no había nada que controlar» o «a pesar de su aspecto juvenil, se lo montaba como un señor de sesenta años»—.

Tampoco negaré que para la construcción de mi personaje León Poiccard me basé en James Bond, el escritor ficticio Richard Castle y el Frank Bascombe de Richard Ford.

Este dato será desconocido por la mayor parte de mis lectores, pero Poiccard es muy, muy Bascombe. Su estilo irónico, cínico, desencantado y encantador a la vez, despreocupado y seductor me atrapó y quise incorporarlo en mi propio universo.

Con la mejor de las intenciones, es decir, la de atraeros al delirante y fresco mundo que nos ofrece Richard Ford, os dejo este fragmento de El día de la independencia elegido al azar:

—¿Cuántas veces te piensas casar —dice Paul, todavía mirando a la lejana esquiadora, sin querer cruzar la mirada conmigo al referirse a este asunto; uno que le importa. Pasea la vista rápidamente alrededor, clavándola en la foto en colores, que ocupa la pared de detrás de la parrilla, de una hamburguesa en un plato blanco, con un cuenco de sopa extrañamente roja y un vaso de Coca-Cola, todo recubierto de una capa de grasa capaz de mantener atrapada a una mosca hasta el día del Juicio Final. Me ha hecho la misma pregunta no hace más de dos días, creo.

—No lo sé —digo—. Ocho, nueve veces, antes de aprender, supongo.

El libro no morirá… Pero se convertirá en otra cosa

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Empieza a ser ya un debate clásico, un clásico joven: la muerte del libro (¿de la lectura?).

El editor de Planeta, Roger Domingo, ya nos lo sugería en 2014. Yo mismo reflexioné al respecto en Yorokobu. Y hoy Esteban Hernández hacía lo propio en El Confidencial. Doy por sentado que, al igual que yo, también vosotros asumís que algo está cambiando.

A pesar de las innumerables críticas, es perfectamente comprensible el giro que está tomando el sector editorial, a saber: ir a lo seguro y publicar obras a las que se les presupone, como poco, el retorno de la inversión. Esto se traduce en novelas con un perfil muy de bestseller (o aspirante —sí, hay cientos de estudios y manuales al respecto—) o trabajos firmados por celebrities.

Lo diré sin rodeos: el libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento. ¿Complemento de qué? Pues de la ocupación principal del autor. Es decir, youtubers, blogueros, periodistas, tuiteros, deportistas, presentadores de televisión, músicos, etc., etc.

El libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento.

El valor literario de la obra pasa a un segundo plano y el perfil más empresarial de las editoriales sale a relucir. Porque no debemos olvidar que una editorial es un negocio que aspira legítimamente a obtener beneficios. Dejo a otros el debate sobre las implicaciones que este giro puede tener para el futuro de las letras.

Lo queramos o no, los autores debemos afrontar este reto y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a entrar en el ruedo. De la respuesta  que demos a esta pregunta dependerá, no obstante, el impacto —al menos inmediato— de nuestra obra.