Creía que mi madre era japonesa

GabriZen

 

 

Lo lamento, pero he decidido no avasallar a nadie exhibiendo una foto de la belleza eterna y perfecta de mi madre —algo que, por lo demás, iría en contra de su carácter—. Lo que sí me he propuesto es compartir con vosotros una parte de mí que, indudablemente, va ligada a ella.

Me refiero a mi amor por la cultura oriental y, en particular, la japonesa.

He sentido una atracción por lo que se mueve bajo el sol naciente desde que era un muchacho. Lo que no tuve muy claro durante mucho tiempo era a raíz de qué. Después de todo, mi padre (de quien ya he hablado en alguna ocasión, como aquí o aquí), siempre ha sido un hombre de acción en el sentido más occidental del término.

Tardé unos años —aproximadamente unos veinte— en advertir que la clave residía en mi madre, esa persona a la que tanto amo y a la que tanto me parezco (o me gustaría parecerme).

No conozco a ningún otro occidental que se aproxime más al espíritu zen que ella. Sus modales serenos, su naturaleza introvertida, su fortaleza (incluso la física), su compasión, su saber conceder —y quitar— la importancia justa a las cosas, su sexto sentido, su nobleza, su empleo preciso y dosificado de las palabras, su ausencia de enjuiciamiento, su apego a la tierra, su delicadeza y atención a los «pequeños» detalles, y su infinito amor hacen que desde hace algún tiempo la vea, además de como una mujer de veinticinco o treinta años (lo siento, pero en mi mente siempre tiene esa edad y ese aspecto), como una perfecta devota del cha-no-yu —que, como bien sabéis, es el nombre que recibe la ceremonia del té—, o una discreta experta en ikebana (arreglo floral).

Dado que, al igual que los japoneses, yo también venero a mis padres, pero no suelo ser muy expresivo al respecto, esta mañana, ahora que el sol brilla después de la lluvia y los pájaros comienzan a cantar de nuevo, he querido rendir homenaje a otra de las personas que más ha contribuido a mi formación como ser humano; he querido mostrar mi gratitud y orgullo por tener el privilegio de asistir al desarrollo y evolución de una mujer fascinante y misteriosa, de alguien en quien yo mismo querría convertirme con el paso de los años.

¡Va por ti,

mamá!

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CARONTE

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Aprovechando que el #15M se acerca, hoy quiero compartir con vosotros un curioso relato, una suerte de spin-off de mi adorada Los pasajeros en el cual sabréis algo más de uno de sus personajes más enigmáticos: Caronte. Os recomiendo leer primero la novela si no queréis spoilers por un tubo. En cualquier caso, aquí la tenéis, gratis y para todo el mundo:  Caronte.

¡Disfrutad y compartid!

 

Richard For(d) President

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Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias.

 

«Si las cosas no resultan graciosas, no son realmente serias». La vieja máxima cómica resume a la perfección el estilo de este autor que deseo daros a conocer (aunque ya deberíais haber devorado toda su bibliografía). Se trata de Richard Ford, el representante más limpio del realismo sucio. Ganador del Pulitzer y el Faulkner, Íntimo amigo de Tobias Wolff y del enorme Raymond Carver, quien señaló que Ford era «el mejor escritor activo del país» —a lo que el propio Ford apostilló: «Carver no añadió “después de mí”»—.

Ford no lee las críticas (nunca las ha leído), ni tampoco tiene hijos, pues considera que «es más fácil tenerlos que criarlos».

Vive en Maine.

¿Quién podría resistirse a un autor de tales características?

De su sugerente producción, que incluye obras maestras del relato y de la narración breve, admito que me quedo con la dedicada al personaje Frank Bascombe. Ford ha dedicado una trilogía al cínico periodista deportivo reconvertido en agente inmobiliario y hombre de moderado éxito. Los tres volúmenes que la componen son El periodista deportivoEl día de la independenciaAcción de gracias, a la que acaba de sumarse un epílogo recientemente publicado por AnagramaFrancamente, Frank.

A modo de easter egg, os diré que hay uno o varios guiños a Ford y Bascombe en todas mis novelas —algunos de ellos bastante explícitos, como «te lo debía Bascombe», «cara de tenerlo todo bajo control, aun cuando no había nada que controlar» o «a pesar de su aspecto juvenil, se lo montaba como un señor de sesenta años»—.

Tampoco negaré que para la construcción de mi personaje León Poiccard me basé en James Bond, el escritor ficticio Richard Castle y el Frank Bascombe de Richard Ford.

Este dato será desconocido por la mayor parte de mis lectores, pero Poiccard es muy, muy Bascombe. Su estilo irónico, cínico, desencantado y encantador a la vez, despreocupado y seductor me atrapó y quise incorporarlo en mi propio universo.

Con la mejor de las intenciones, es decir, la de atraeros al delirante y fresco mundo que nos ofrece Richard Ford, os dejo este fragmento de El día de la independencia elegido al azar:

—¿Cuántas veces te piensas casar —dice Paul, todavía mirando a la lejana esquiadora, sin querer cruzar la mirada conmigo al referirse a este asunto; uno que le importa. Pasea la vista rápidamente alrededor, clavándola en la foto en colores, que ocupa la pared de detrás de la parrilla, de una hamburguesa en un plato blanco, con un cuenco de sopa extrañamente roja y un vaso de Coca-Cola, todo recubierto de una capa de grasa capaz de mantener atrapada a una mosca hasta el día del Juicio Final. Me ha hecho la misma pregunta no hace más de dos días, creo.

—No lo sé —digo—. Ocho, nueve veces, antes de aprender, supongo.

El libro no morirá… Pero se convertirá en otra cosa

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Empieza a ser ya un debate clásico, un clásico joven: la muerte del libro (¿de la lectura?).

El editor de Planeta, Roger Domingo, ya nos lo sugería en 2014. Yo mismo reflexioné al respecto en Yorokobu. Y hoy Esteban Hernández hacía lo propio en El Confidencial. Doy por sentado que, al igual que yo, también vosotros asumís que algo está cambiando.

A pesar de las innumerables críticas, es perfectamente comprensible el giro que está tomando el sector editorial, a saber: ir a lo seguro y publicar obras a las que se les presupone, como poco, el retorno de la inversión. Esto se traduce en novelas con un perfil muy de bestseller (o aspirante —sí, hay cientos de estudios y manuales al respecto—) o trabajos firmados por celebrities.

Lo diré sin rodeos: el libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento. ¿Complemento de qué? Pues de la ocupación principal del autor. Es decir, youtubers, blogueros, periodistas, tuiteros, deportistas, presentadores de televisión, músicos, etc., etc.

El libro como tal está herido de muerte (que no muerto del todo) y su destino pasa por convertirse en un complemento.

El valor literario de la obra pasa a un segundo plano y el perfil más empresarial de las editoriales sale a relucir. Porque no debemos olvidar que una editorial es un negocio que aspira legítimamente a obtener beneficios. Dejo a otros el debate sobre las implicaciones que este giro puede tener para el futuro de las letras.

Lo queramos o no, los autores debemos afrontar este reto y decidir hasta qué punto estamos dispuestos a entrar en el ruedo. De la respuesta  que demos a esta pregunta dependerá, no obstante, el impacto —al menos inmediato— de nuestra obra.

La verdadera historia de «Albatros» (La maleta de un espía)

En primer lugar, deseo daros la bienvenida a esta nueva gamberrada literaria. Es más, os pido de entrada que os suméis a la causa, pues sois la pieza clave de esta aventura.

A fin de convenceros os explicaré qué se esconde en el fondo de Albatros, una novela muy peculiar.

Como algunos de vosotros sabéis, Albatros fue publicada inicialmente por megustaescribir, sello adscrito al grupo Penguin-Random House. Tuve el privilegio de ser llamado en calidad de embajador del proyecto, es decir, un endorser, un reclamo. Estoy muy agradecido de su ofrecimiento y doy fe del brillante trabajo que llevan a cabo en la editorial, así como del excelente equipo humano que hay detrás. Sin lugar a dudas, recomendaría, especialmente a los autores que empiezan y quieren irrumpir en el mercado literario con un look profesional, que echasen un vistazo a los servicios que megustaescribir ofrece.

Indudablemente, desde un principio supimos que la nuestra era una historia pasajera, dado que mi lugar se encuentra ya dentro de la edición tradicional y lejos (aunque algunos lectores despistados lo sigan creyendo) de la autopublicación. Y así, después de un periodo de cortesía, he decidido ofrecer la novela a otra editorial —de momento, comprenderéis que reserve el dato para mí—. Esto nos lleva al meollo de la historia.

Desde el principio de mi carrera literaria, mi estrategia siempre ha sido la misma: demostrar a las editoriales que ganan más fichándome que dejándome suelto.

Mi estrategia siempre ha sido la misma: demostrar a las editoriales que resulta más rentable ficharme que dejarme suelto.

Y eso se logra con hechos.

Hay, no obstante, otra razón que me mueve a efectuar la operación guerrillera para la cual espero vuestro apoyo: aunque me debo a las editoriales (este business funciona así), mi mayor y verdadero compromiso es y será con vosotros, los lectores.

Es por ello que, mientras se concreta el traspaso editorial, he decidido explotar la novela por mi cuenta (es una medida temporal) y aprovechar esta situación excepcional para poner de manifiesto lo que siempre he creído: que se puede hacer llegar literatura de calidad a precios bajos.

Aunque me debo a las editoriales, mi mayor y verdadero compromiso es y será con vosotros, los lectores.

De este modo, entre vosotros y yo, podremos volver a pulverizar el algoritmo de Amazon —tal y como ya hemos hecho en otras ocasiones (mil GRACIAS GRACIAS GRACIAS de nuevo)— y colocar al canalla de Albatros en el lugar que le corresponde. A cambio, os ofrezco una visión bastante precisa del futuro inmediato que nos espera (¿no se os hace la boca agua?)

Éste es el plan: aprovechando que el día 10 de abril es el cumpleaños de mi madre (que tiene un sentido del humor a prueba de bombas), Albatros estará a tan sólo 0,99 € en formato digital y 8 € en edición de bolsillo hasta ese día. Ya en preventa en Amazon.

Se trata de una edición revisada y mejorada, para lo que hemos creado un sello editorial ficticio (gracias, Chevi, por el logo de BOOKLLONAIRE).

Ahora es cuando vosotros pasáis a la acción. ¿Seremos capaces de demostrar la importancia de los lectores? ¿Lograremos dejar claro cómo funciona esto? Estoy plenamente convencido de que así será. Así que gracias de nuevo y

¡comienza el espectáculo!

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The Vampyre of Time and Memory (cartas, tiempo e Internet)

Hace un par de días estuve visitando a mis padres. Siguen manteniendo mi vieja habitación intacta, ordenada, limpia. No recuerdo qué fui a buscar, pero sí lo que encontré: cartas y más cartas dentro de los cajones —esos cajones que siempre huelen a otra época—. 1992, 1993, 1994… Creo que a partir de ahí la correspondencia se hizo cada vez más infrecuente. Supongo que después sería sustituida por el email o el olvido.

También por aquel entonces había decidido que el asunto de escribir era para mí algo más que un pasatiempo o una afición. Devoraba libros de Kafka, ¡leí las obras completas de Freud a los diecisiete años!, Poe, Hesse, después Auster, Carver… Definitivamente, la literatura se me figuraba una forma de vida emocionante, mágica. Decidí convertirme en escritor, aunque tardé unos cuantos años más en materializar mi deseo, mi decisión, mi destino.

Recuerdo —ahora vuelvo a recordar— la sensación que tenía al abrir un libro, al sumergirme en sus páginas durante horas. Podría decir que mi concepto de «pasión» se forjó a partir de aquellas experiencias.

Después llegó Internet. También publiqué mis primeras novelas para descubrir… que apenas quedaba nada de esa otra época; comencé a preocuparme por lo que el lector desearía, o las editoriales aceptarían, a mirar rankings y a interesarme por las ventas de mis libros. Me relacionaba con otros escritores, me empapaba de técnicas de marketing de guerrilla y, en fin, me temo que comencé a convertir medios en fines, olvidando mi verdadero objetivo.

Descubrí que no era el único al que esto sucedía. Viejos amigos, grandes lectores, confesaban que habían reducido la intensidad lectora; escritores que tuiteaban más que trabajaban en sus novelas; textos escritos en dos meses para mantener a la audiencia, para seguir «haciendo ruido», para evitar que nos olvidasen (así funciona la maquinaria). Lo cual no deja de resultar irónico, pues éramos nosotros los primeros que ya nos habíamos olvidado de algo, en realidad, de lo más importante: de nosotros mismos, de nuestra esencia y de nuestra misión.

Tal vez creas que me estoy poniendo nostálgico, si bien debo advertirte que nada más lejos de mi intención y de la realidad. A decir verdad, empecé a darme cuenta de que ese nuevo invento que me había alejado de las cartas (Internet) también me había arrojado a un limbo mucho más inquietante. No te robaré más tiempo: el cambiazo definitivo siempre fue sustituir lo físico, lo sensual, por lo virtual.

¿Recuerdas la sensación de recibir una carta el papel? (No mientas, jamás experimentarás lo mismo al recibir una notificación de correo electrónico o mención en redes sociales). Es más, ¿recuerdas qué era aquello de no mirar compulsivamente una pantalla antes y después de ir a orinar? ¿Y los tiempos en los que la vida era una sorpresa, una aventura? (Doy por sentado que perteneces a la generación pre-móvil).

 

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De lo real (entendido como lo sensual) nos separan cada vez más y más filtros, hasta tal punto que lo físico se desdibuja, se convierte en mero concepto (cuánta razón llevabas, Hegel).

Adoro la tecnología, pero también estoy convencido de que hemos de pagar un precio elevado: prescindir del aroma, del tacto, del contacto real, de lo imprevisible, del éxtasis y la emoción, de la ilusión de que las cosas podrían ser mejores.

Piénsalo detenidamente y responde para tus adentros a la siguiente pregunta:

¿estás dispuesto a renunciar a todo aquello?

Paris, Shepard

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Conocéis a este gigante aunque no os suene su cara (que os sonará). Quizá no sepáis que estuvo casado con la enorme Jessica Lange, que tocó la batería durante una etapa de su vida o que ganó el Pulitzer. Ya os viene a la mente; lo habéis visto actuando en películas como Elegidos para la gloria, El informe pelícano, Black Hawk derribado, Magnolias de acero, etc., etc.

Ahora os diré que es el guionista, entre otras, de una de mis películas favoritas —cada vez que la veo paso dos o tres días en un inquietante aturdimiento—: me refiero a Paris, Texas, dirigida por Wim Wenders en 1984.

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Pero hoy quiero hablaros de otra de sus facetas más sugerentes: escritor. De hecho, un escritor de primera división. Al margen de sus obras teatrales, sus relatos rozan lo sublime. En España Anagrama ha publicado gran parte de su trabajo. Su estilo podría encuadrarse dentro del llamado realismo sucio, muy similar al desarrollado, sobre todo, por Raymond Carver Charles Bukowski.

Desierto, gasolina, óxido, neumáticos quemados, moteles, gasolineras abandonadas… Ya sabéis cómo funciona esto. Pero, como no deseo llevar a cabo un análisis sesudo de su obra sino, simplemente, dároslo a conocer, os dejo un fragmento tomado de sus Crónicas de motel (Anagrama, 1985), que os ayudará a comprender mi fascinación por este artista polifacético:

 

Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones ante mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

25/4/81

Homestead Valley, Ca.

Cómo acabar con la cultura de una vez por todas con una cuenta de Instagram y una bolsa de palomitas

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Lana del Rey.

 

¿Qué tienen en común James Franco, Lana del Rey (siempre «blurring the lines between real and the fake») y Shia LaBeouf? ¿A qué se debe la fascinación por personajes como Dan Bilzerian —con más de 15 millones de seguidores en Instagram—, y a quienes muchos no dudarían en tachar de machista y hortera?

En cierto modo, todos parecen tomarse muy en serio el título de aquel libro de Woody Allen que seguramente recordéis: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.

De antemano, quiero señalar que, para ello, no ha sido necesario recurrir ni a métodos orwellianos ni a la quema de libros al más puro estilo Fahrenheit 451.

Que nadie se lleve a engaño: la represión ya no vende (ni funciona).

 

¿De dónde viene, pues, este asalto permanente a la cultura? ¿Es fruto del supuesto anti-intelectualismo yankee? (Vicente Verdú se ocupa de él en El planeta americano) ¿O hunde sus raíces en el avance de la tecnología? ¿Tal vez una desafortunada consecuencia de la era digital?

El rechazo de la cultura cruza fronteras y no es un rasgo exclusivo de la sociedad norteamericana (desde mi punto de vista, nunca lo ha sido). Es más, ni siquiera supone un aspecto que surja en el siglo XX y que domine por completo el siglo XXI.

 

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Dan Bilzerian presentando su «campaña presidencial», haciendo gala de un gusto exquisito.

 

Podemos remontarnos incluso más allá de Hegel y sus tesis sobre la muerte del Arte, de Duchamp o de Warhol, llegando a tiempos de Jesucristo (sirve también la representación en clave de comedia que es La vida de Brian) y de Sócrates. En realidad ni a uno ni a otro los condenaron por sus ideas subversivas, sino porque eran unos verdaderos pesados.

En el fondo, a la cultura y al intelectual se le puede atribuir —al igual que a los dos gurús mencionados— una misma cualidad: la intención de ser salvadores. Y aquí reside el quid de la cuestión: nadie desea ser salvado. Ésta es la clave. El salvador ya no provoca pánico ni respeto sino carcajadas. A nadie le agrada que le recuerden su mediocridad ni el hecho de que otra persona (otro ser humano, competencia potencial) sabe más que nosotros.

 

Tal y como se desprende de los textos de Ryan Holiday y Robert Greene, la realidad es demasiado aplastante como para que además deseemos que nos carguen la mochila con el peso que supone el memento de nuestra medianía y de la responsabilidad que entraña la confrontación con la verdad.

Robert Greene nos previene: «La verdad se evita a menudo porque resulta fea y desagradable. Nunca hay que apelar a la verdad y a la realidad a menos que uno se esté preparando para enfrentarse con la cólera que arranca el desencanto. La vida es tan dura y desconsoladora que aquellos que son capaces de crear romanticismo o provocar fantasía son como un oasis en el desierto: todo el mundo acude a ellos. Da mucho poder aprovecharse de las fantasías de las masas» (de Las 48 leyes del poder). «Seriedad, honradez, vulnerabilidad: estos son los blancos de la mofa», afirma por su parte Ryan Holiday en Confía en mí, estoy mintiendo.

 

Realidad y verdad se han convertido en cargas excesivamente pesadas. Tanto que ya nadie cree en ellas.

 

Aquí es cuando entran en juego dos fuerzas o alternativas: la banalización o la aproximación frívola y mediatizada a la cultura.

 

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Shia LaBeouf contempla su propio trabajo.

 

En el segundo grupo encontramos a Franco, Lana del Rey y Shia LaBeouf. El primero opta por la parodia —aunque algunos comentaristas no capten la broma—, la segunda por la ambigüedad, y el tercero por unas pretensiones de seriedad que no pueden acabar sino en bostezo o en una sonora carcajada.

 

Por otra parte, en el primer bando, hay personas como Dan Bilzerian, «el rey de Instagram»; un señor que afirma haber amasado su fortuna gracias al póker —aunque también se rumorea que su padre le donó una pasta— y que su mayor «argumento» es exhibirse rodeado de mujeres ligeras de ropa, lujo, armas y dinero (o las cuatro cosas juntas). La gente siente fascinación por esa forma de vida despreocupada, llena de emociones intensas… y de mucha anestesia visual para poder sobrellevar lo rutinario del día a día y el insoportable peso de lo real.

¿Pueden ofrecer lo mismo Kant, Thomas Mann o Gilles Deleuze? Probablemente no.

 

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James Franco, ¿Arte o chorrada?

 

Me atrevo, por lo tanto, a pronosticar que debemos acostumbrarnos a una cultura líquida, soft, retuiteada, efímera, y a no ser capaces de responder a la pregunta que nos plantea el filósofo Ian Ground y que da título a uno de sus libros: ¿Arte o chorrada?

Sí, James Franco, LaBeouf y Cía. conforman la vanguardia cultural que se nos avecina —dicho sin aflicción ni melodrama y sí con una cierta curiosidad—.

Meted las palomitas en el microondas.

Kill Your Son (o por qué acabé la promoción de mi última novela en menos de 48 horas)

Así es. No hay nada más aburrido que un escritor hablando de:

a)Escritura.

b)Su escritura.

c)El último ejemplo de su escritura.

«¿Entonces cómo vas a dar a conocer tu trabajo?», creo estar oyendo.

Liberé Doppelgänger, mi nueva-vieja novela, el 11 de enero de 2016 —coincidiendo con el tercer aniversario del fallecimiento de Aaron Swartz— y he decidido finalizar la promoción el día 13 de enero (menos de 48 horas después).

Indudablemente, me refiero a la promoción directa (ya sabes: «lee mi novela», «descarga mi novela» y sus mil y una variables infames).

¿Por qué? No voy a engañaros: la novela está sujeta a derechos Creative Commons y puedes descargarla libremente, sin pagar un céntimo y con todo mi consentimiento.

En otras palabras, se trata de un trabajo que no está en venta y, en consecuencia, yo no voy a percibir ni un sólo euro (algo que, por lo demás, tampoco formaba parte de mis objetivos).

[En Yorokobu os amplío la información al respecto, así como algunas claves acerca del verdadero sentido de toda esta performance].

Dedicar, pues, tiempo —y pérdida de elegancia— a hablar de mí mismo y mi trabajo sería absurdo.

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Os doy las GRACIAS…

 

Ahora biense han descargado más de 2.000 ejemplares en menos de 48 horas (ya sé que parte se debe al «no-precio», pero imaginad lo que habría supuesto, en euros, en caso de tratarse de una publicación tradicional), y yo valoro de manera casi religiosa vuestra opinión. ¿Qué significa esto? Que daré la máxima cobertura a los comentarios y recomendaciones de la novela que vosotros hagáis.

Ahora vosotros sois mi ejército.

Os agradezco de antemano vuestro apoyo y colaboración en esta deliciosa locura literaria.

 

¡Empieza el espectáculo!

 

Doppelgänger (¡GRATIS!)

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Cubierta diseñada por Eusebio «Chevi» de Frutos (@chevidf)

 

Finalmente llegó el día y poco tengo que añadir.

Tal y como he ido anunciando estos días, hoy, conmemorando el tercer aniversario de la muerte de Aaron Swartz, he decidido lanzar esta novela inédita de un modo totalmente experimental: no podrá ser comprada, sólo «hackeada».

Los motivos de esta decisión podéis rastrearlos aquí y aquí (aunque me guardo algunas cartas bajo la manga 😎).

[Hay más cuestiones de fondo, como la reacción al elevado IVA cultural, la cuestión de la piratería o la creciente vinculación entre mercado editorial y «show business», pero hoy no es el momento de abordarlas, ¿no os parece?]

Como ya sabéis, Doppelgänger está sujeta a derechos Creative Commons de modo que puede ser distribuida libremente, alojada donde estiméis oportuno, regalada, etc., etc.

A cambio, sólo os pido que la disfrutéis y —si os parece interesante— que la recomendéis. Hemos habilitado un hashtag a tal efecto: #InMemoriamAaronSwartz 

 

¡Empieza el espectáculo!

 

Descarga Doppelgänger en todos los formatos pulsando en este enlace