Ayudaremos a todos los que podamos

Mi padre es una de esas buenas personas. Me refiero a una de esas personas que es buena siempre (he dicho «siempre»). Es poco amigo de los consejos y jamás vi a nadie menos dispuesto que él a mantener una discusión. Bien pensado, jamás he visto a mi padre discutir.

Todo esto no impidió que hace unos días yo me empeñase en darle lecciones acerca de cómo debía comportarse ante determinados ejercicios de deslealtad por parte de otras personas. Soportó estoicamente mi exposición sin decir ni una palabra hasta que llegó el momento crítico. Sabía que le debían una pequeña cantidad de dinero y le aconsejé más firmeza.

-¡No puedes ayudar…! –comencé a decirle. Pero no me dejó terminar la frase.

-… Sí, ayudaremos a todos los que podamos. Ayudaremos a todos los que podamos.

Sonrió y volvió a guardar silencio. «Touché», le reconocí. Y comprendí que llevaba toda la razón.

Éste fue uno de los buenos consejos que mi padre me dio aquella tarde y, como afortunadamente sigue vivo, no descarto que todavía me ofrezca un puñado de buenos consejos. De esos que no le gusta dar.

Fiel a sus enseñanzas, me esfuerzo cada día por ayudar un poco a los demás, al igual que otros –escritores reconocidos incluidos- hicieron conmigo cuando, por ejemplo, publiqué El búnker de Noé. Es por ello que hoy os recomiendo dos textos. El primero es uno que todas las personas, al margen de su ocupación, deberían leer. Se trata del clásico de Dale Carnegie –no os dejéis asustar por el desacertado título-.

Y el segundo seguro que será de gran utilidad para los escritores, especialmente los indie. Además, es gratuito. ¿Qué más se puede pedir?

Espero que os sirva para haceros un poco más ricos… en todos los sentidos.