Creía que mi madre era japonesa

GabriZen

 

 

Lo lamento, pero he decidido no avasallar a nadie exhibiendo una foto de la belleza eterna y perfecta de mi madre —algo que, por lo demás, iría en contra de su carácter—. Lo que sí me he propuesto es compartir con vosotros una parte de mí que, indudablemente, va ligada a ella.

Me refiero a mi amor por la cultura oriental y, en particular, la japonesa.

He sentido una atracción por lo que se mueve bajo el sol naciente desde que era un muchacho. Lo que no tuve muy claro durante mucho tiempo era a raíz de qué. Después de todo, mi padre (de quien ya he hablado en alguna ocasión, como aquí o aquí), siempre ha sido un hombre de acción en el sentido más occidental del término.

Tardé unos años —aproximadamente unos veinte— en advertir que la clave residía en mi madre, esa persona a la que tanto amo y a la que tanto me parezco (o me gustaría parecerme).

No conozco a ningún otro occidental que se aproxime más al espíritu zen que ella. Sus modales serenos, su naturaleza introvertida, su fortaleza (incluso la física), su compasión, su saber conceder —y quitar— la importancia justa a las cosas, su sexto sentido, su nobleza, su empleo preciso y dosificado de las palabras, su ausencia de enjuiciamiento, su apego a la tierra, su delicadeza y atención a los «pequeños» detalles, y su infinito amor hacen que desde hace algún tiempo la vea, además de como una mujer de veinticinco o treinta años (lo siento, pero en mi mente siempre tiene esa edad y ese aspecto), como una perfecta devota del cha-no-yu —que, como bien sabéis, es el nombre que recibe la ceremonia del té—, o una discreta experta en ikebana (arreglo floral).

Dado que, al igual que los japoneses, yo también venero a mis padres, pero no suelo ser muy expresivo al respecto, esta mañana, ahora que el sol brilla después de la lluvia y los pájaros comienzan a cantar de nuevo, he querido rendir homenaje a otra de las personas que más ha contribuido a mi formación como ser humano; he querido mostrar mi gratitud y orgullo por tener el privilegio de asistir al desarrollo y evolución de una mujer fascinante y misteriosa, de alguien en quien yo mismo querría convertirme con el paso de los años.

¡Va por ti,

mamá!

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Cómo acabar con la cultura de una vez por todas con una cuenta de Instagram y una bolsa de palomitas

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Lana del Rey.

 

¿Qué tienen en común James Franco, Lana del Rey (siempre «blurring the lines between real and the fake») y Shia LaBeouf? ¿A qué se debe la fascinación por personajes como Dan Bilzerian —con más de 15 millones de seguidores en Instagram—, y a quienes muchos no dudarían en tachar de machista y hortera?

En cierto modo, todos parecen tomarse muy en serio el título de aquel libro de Woody Allen que seguramente recordéis: Cómo acabar de una vez por todas con la cultura.

De antemano, quiero señalar que, para ello, no ha sido necesario recurrir ni a métodos orwellianos ni a la quema de libros al más puro estilo Fahrenheit 451.

Que nadie se lleve a engaño: la represión ya no vende (ni funciona).

 

¿De dónde viene, pues, este asalto permanente a la cultura? ¿Es fruto del supuesto anti-intelectualismo yankee? (Vicente Verdú se ocupa de él en El planeta americano) ¿O hunde sus raíces en el avance de la tecnología? ¿Tal vez una desafortunada consecuencia de la era digital?

El rechazo de la cultura cruza fronteras y no es un rasgo exclusivo de la sociedad norteamericana (desde mi punto de vista, nunca lo ha sido). Es más, ni siquiera supone un aspecto que surja en el siglo XX y que domine por completo el siglo XXI.

 

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Dan Bilzerian presentando su «campaña presidencial», haciendo gala de un gusto exquisito.

 

Podemos remontarnos incluso más allá de Hegel y sus tesis sobre la muerte del Arte, de Duchamp o de Warhol, llegando a tiempos de Jesucristo (sirve también la representación en clave de comedia que es La vida de Brian) y de Sócrates. En realidad ni a uno ni a otro los condenaron por sus ideas subversivas, sino porque eran unos verdaderos pesados.

En el fondo, a la cultura y al intelectual se le puede atribuir —al igual que a los dos gurús mencionados— una misma cualidad: la intención de ser salvadores. Y aquí reside el quid de la cuestión: nadie desea ser salvado. Ésta es la clave. El salvador ya no provoca pánico ni respeto sino carcajadas. A nadie le agrada que le recuerden su mediocridad ni el hecho de que otra persona (otro ser humano, competencia potencial) sabe más que nosotros.

 

Tal y como se desprende de los textos de Ryan Holiday y Robert Greene, la realidad es demasiado aplastante como para que además deseemos que nos carguen la mochila con el peso que supone el memento de nuestra medianía y de la responsabilidad que entraña la confrontación con la verdad.

Robert Greene nos previene: «La verdad se evita a menudo porque resulta fea y desagradable. Nunca hay que apelar a la verdad y a la realidad a menos que uno se esté preparando para enfrentarse con la cólera que arranca el desencanto. La vida es tan dura y desconsoladora que aquellos que son capaces de crear romanticismo o provocar fantasía son como un oasis en el desierto: todo el mundo acude a ellos. Da mucho poder aprovecharse de las fantasías de las masas» (de Las 48 leyes del poder). «Seriedad, honradez, vulnerabilidad: estos son los blancos de la mofa», afirma por su parte Ryan Holiday en Confía en mí, estoy mintiendo.

 

Realidad y verdad se han convertido en cargas excesivamente pesadas. Tanto que ya nadie cree en ellas.

 

Aquí es cuando entran en juego dos fuerzas o alternativas: la banalización o la aproximación frívola y mediatizada a la cultura.

 

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Shia LaBeouf contempla su propio trabajo.

 

En el segundo grupo encontramos a Franco, Lana del Rey y Shia LaBeouf. El primero opta por la parodia —aunque algunos comentaristas no capten la broma—, la segunda por la ambigüedad, y el tercero por unas pretensiones de seriedad que no pueden acabar sino en bostezo o en una sonora carcajada.

 

Por otra parte, en el primer bando, hay personas como Dan Bilzerian, «el rey de Instagram»; un señor que afirma haber amasado su fortuna gracias al póker —aunque también se rumorea que su padre le donó una pasta— y que su mayor «argumento» es exhibirse rodeado de mujeres ligeras de ropa, lujo, armas y dinero (o las cuatro cosas juntas). La gente siente fascinación por esa forma de vida despreocupada, llena de emociones intensas… y de mucha anestesia visual para poder sobrellevar lo rutinario del día a día y el insoportable peso de lo real.

¿Pueden ofrecer lo mismo Kant, Thomas Mann o Gilles Deleuze? Probablemente no.

 

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James Franco, ¿Arte o chorrada?

 

Me atrevo, por lo tanto, a pronosticar que debemos acostumbrarnos a una cultura líquida, soft, retuiteada, efímera, y a no ser capaces de responder a la pregunta que nos plantea el filósofo Ian Ground y que da título a uno de sus libros: ¿Arte o chorrada?

Sí, James Franco, LaBeouf y Cía. conforman la vanguardia cultural que se nos avecina —dicho sin aflicción ni melodrama y sí con una cierta curiosidad—.

Meted las palomitas en el microondas.

Algunas observaciones a propósito de Los Pasajeros

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Los lectores que ya han disfrutado de las primeros capítulos de Los pasajeros no han dudado en calificarla de “valiente”, “arriesgada”, “atrevida”, “hipnótica” e incluso de “rara”. Yo añadiría a la lista de calificativos el de comprometida. He decidido, por tanto, y antes de su próximo lanzamiento ofrecer algunas consideraciones sobre la misma.

Lo primero que advertirá cualquiera que se adentre en sus páginas será que la novela arremete contra cualquier convención propia de cualquier género al que se la quiera adscribir (¿Thriller sin armas ni violencia ni sexo? ¿Ciencia-ficción sin naves espaciales procedentes de planetas lejanos? ¿Fantasía sin orcos ni ninfas ni vikingos?). Nada de esto es gratuito.

Ciertamente, Los pasajeros se aleja sustancialmente de mis anteriores trabajos; es un obra más contundente.

¿A qué se debe este cambio de registro? La decisión atiende a razones morales. Desde mi punto de vista, nuestro país -y mucho me temo que el resto del planeta- atraviesa un momento histórico delicado. Es obligación de un autor no sólo entretener (que también), sino también aportar ideas y herramientas necesarias para el cambio. Siempre he defendido que entretenimiento y cultura no son excluyentes y, en este periodo, este presupuesto se hace más necesario que nunca.

De haber escrito una novela de mero entretenimiento -repito que Los pasajeros cumple esa función (de lo contrario habría escrito un ensayo)- consideraría que habría contribuido al mantenimiento del statu quo, ofreciendo otra cortina de humo y un poco más de “opio” que desviase la atención del estado real de las cosas.

En este sentido, y sin ánimo de resultar presuntuoso, puedo asegurar que Los pasajeros es una novela necesaria, entendiendo por “necesaria” en este contexto una narración útil para el conjunto de la comunidad; una novela humana y con pretensiones de trascender el espacio puramente literario. Una novela que ofrece armas, siempre pacíficas, listas para promover una sociedad más igualitaria y justa.

Tal vez esto suene un poco brechtiano. Nada más lejos de mi intención.

Puedo adelantar, y lo hago sin ningún pudor o falsa modestia, que Los pasajeros no dejará indiferente a ningún lector. Si para bien o para mal lo dejo a vuestra consideración. Por lo pronto, y si os apetece anticiparos al futuro, os invito a hojear sus primeras páginas y sumergiros en un viaje en el tiempo de la mano de una filósofa, un médium, un chaval que vive en una furgoneta, El Zorro… y una peculiar gata.

¡Larga vida a los hombres y mujeres libres!