(Mis) Últimas palabras sobre Edición tradicional vs Autopublicación

A propósito de mis últimos artículos en Zenda, Yorokobuo aparecidos en esta misma bitácora, han vuelto a surgir los comentarios, preguntas en abierto o en privado y nuevas invitaciones a conceder alguna entrevista acerca del tema ¿Edición tradicional o Autopublicación?

Me siento verdaderamente honrado cuando alguien se dirige a mí solicitándome una opinión, unas palabras o un poco de mi tiempo para hablar sobre sobre ésta o cualquier otra cuestión. Por otra parte, soy consciente de que los mencionados artículos son muy provocadores y deliberadamente ambiguos.

Es por ello que me veo en la obligación de aclarar algunas cuestiones y zanjar de una vez por todas mi implicación en este terreno (ahora después responderé a la pregunta que tienes en mente: «¿y por qué los has escrito?»). Me encuentro en ese punto de mi carrera en que lo relevante ya no es en qué formato digo las cosas, sino lo que digo; o, en otras palabras, no deseo convertirme en abanderado de ningún movimiento, tan sólo escribir y responder gustosamente a las preguntas que tengan que ver con el contenido de  mis trabajos y no con su forma de presentación y distribución, ni con la tramoya empresarial. A partir de este punto, a todas las preguntas sobre el tema responderé remitiendo a estas palabras.

Estoy a punto de terminar una novela y, por fortuna (creedme, lo es; no hay nada más triste que un autor sin lectores ni gente que se interese por su trabajo), empezáis a interesaros por su futuro o a hacer vuestras propias cábalas.

La pregunta clave, y objeto de este post, es ¿eres más partidario de la edición tradicional o de la Autopublicación?

Si estás leyendo esto, lo más probable es que conozcas un poco mi trayectoria: comencé autopublicando mis novelas, fiché por una gran editorial, luego por otra y finalmente… recuperé los derechos de todas ellas y aprovecho este aparente impasse explotándolas por mi cuenta sin demasiado interés o implicación (pues no es mi meta), mientras los acontecimientos siguen su curso.

La respuesta a las preguntas de si soy más de editorial o de autopublicación y a por qué he escrito esa serie de artículos es la misma: soy partidario de la editorial… siempre que ésta haga bien su trabajo.

Adoro la literatura y, aun sabiendo que el mercado editorial supone un escenario comercial, un negocio que busca ser rentable, es un «negocio» que no sólo nos ha ofrecido «productos Hacendado» y otras marcas blancas, sino también a Aldous Huxley, a Julio Cortázar, a Cormac McCarthy, a Richard Ford, a Raymond Carver, a Sartre y Camus, ¡a Paul Auster!…

En resumen, mis artículos han sido dardos cariñosos y canallas a una industria mastodóntica que debe volver a recuperar su glamour, que debe reeducar al público, que cumple una función cultural y no sólo monetaria.

Espero, por tanto, haber aclarado mi punto de vista sobre la cuestión y de paso zanjar de una vez por todas esta cuestión (a menos por lo que a mí respecta).

 

Abrazos y salud

G

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Una cierta tendencia del sector editorial

Hace unos días, Juan Gómez-Jurado publicaba un interesante articulo sobre el sector editorial. Hace algunos años, Truffaut firmaba un documento con título similar al de este post. En efecto, algo está cambiando.

En primer lugar, ¿qué demonios hace un escritor hablando sobre editoriales, cuando lo que debería estar haciendo es escribir novelas y, con un poco de suerte, tratar de vendérselas? Este es, sin duda, uno de los mas notables cambios en el sector: la polivalencia del escritor. En otras palabras, hace tiempo que quedó atrás la figura del autor que escribía, tenía suerte y una editorial publicaba sus novelas y ella se ocupaba de todo. Eso ya no es así. Con independencia de si uno es un autor autopublicado o cuenta con el respaldo de una editorial, lo cierto es que las labores de promoción correrán a cargo del “padre” de la criatura.

No obstante, no es lo que deseo abordar aquí. Ni tampoco opinar acerca de por qué las ventas de libros se desploman (los elevados precios, la piratería, la gente lee menos…). No. De lo que quiero hablar es de un cierto efecto boomerang.

Con la llegada del gigante Amazon, las editoriales (las más inteligentes) comenzaron a fichar autores que, por la razón que fuere, vendían bien en dicha plataforma (después de todo, eso suponía apostar a caballo ganador -de hecho, a caballo que YA había ganado-). Se les pagaba unos adelantos bajos o nulos y los escritores cumplían su sueño de ver su novela publicada en papel (o en digital pero con sello, es irrelevante).

Durante un tiempo, muy poco tiempo (vivimos en un mundo horriblemente acelerado), algunos autores comenzaron a mostrar su malestar con respecto a las editoriales -esa que había sido su meta hasta hacía unos meses-. ¿Las razones? Escasa difusión de los libros, nula implicación en el proceso de promoción, adelantos bajos, poca transparencia en el pago de royalties… Imagino que cada uno tendría sus razones y no es algo que me interese demasiado.

La tuerca siguió dando vueltas y los autores más aventajados -incluiría aquí algunos notables y consagrados ejemplos como el del cineasta y guionista David Mamet– se plantearon “¿Y por qué no autopublicar nosotros mismos nuestras novelas? A fin de cuentas, ya tenemos el nombre…”.

Por supuesto, la cosa no quedó aquí. En este punto es donde yo debo posicionarme y lo hago, sin reservas, del lado de la editorial. No voy a entrar en detalles y admito que el sector atraviesa una crisis, en parte, motivada por sus propias prácticas. Pero las ventajas son, actualmente, mayores que los inconvenientes.

Me posiciono de parte de aquellos escritores que quieren seguir dentro de la industria -ojo, estuve el suficiente tiempo en el lado indie para saber lo que digo- y es por ello que debo lanzar una advertencia a las editoriales (porque los escritores no siempre son tontos o unos simples soñadores).

Sin rodeos, la nueva jugada es la siguiente (siempre, claro está, que ya se tenga un nombre dentro del sector): autopublicar primero la novela -beneficiándose del tirón de ventas inicial- y luego cedérsela a la editorial.

¿Por qué sucede esto? Las razones son siempre las mismas: inmediatez, precios más bajos y mejores condiciones para los autores.

¿Qué medidas debería adoptar la industria? Cuidando más a los autores (mediante adelantos más suculentos, mayor implicación en la fase de promoción y en la distribución, y mayor transparencia en todos los procesos) y cuidando más a los lectores (precios más bajos), estas prácticas se verían reducidas sensiblemente. De lo contrario, la industria editorial se limitará a distribuir -presumiblemente en formato digital- longsellers, a los que añadirá su sello (indicativo de prestigio), pero de cuyo impacto inicial no obtendrá beneficios.

La posición que he descrito es, por lo demás, bastante razonable: si un autor se ve obligado a llevar a cabo casi todas las funciones de la cadena, es normal que desee obtener un mayor beneficio.

Una vez más, la solución, por tanto, pasa por el sentido común. Y confío en que las cosas retornen a él. A fin de cuentas, hoy por hoy la editorial es un elemento clave en la cadena de valor del libro.