Una pausa para reflexionar ( o dando la bienvenida al 2016)

Desde que soy capaz de recordar, siempre me ha encantado contar historias. Para ello he recurrido a todos los medios que estaban a mi alcance: el discurso, los cómics, un poco la pintura, el cine y, cómo no, la literatura. En ocasiones , incluso me ha ido bien. En otras, en muchas de hecho, catastróficamente mal (como tiene que ser.)

Lo que no tengo tan claro es cuándo despertó en mi mente la siguiente pregunta, la que me ha llevado a recorrer un montón de caminos de lo más pintoresco. La pregunta es: «¿Qué puedo hacer para hacer de este mundo un lugar un poquito mejor?». Asumo que poco puede hacer un individuo y que ya no estamos en edad de querer cambiar el mundo al más puro estilo Rambo (por lo que a la soledad se refiere), aunque estoy convencido de que si cada uno de los 7.200 millones de cuerpos, de mentes, de almas que pueblan el planeta mientras escribo esto pusieran un poco de su parte, el efecto sería bastante diferente.

En 2016 cumpliré cuarenta años y me parece un buen momento para hacer balance.

Tal y como advierto, mis intentos de dar una respuesta a esa pregunta han seguido un patrón muy concreto —e incluso es posible advertir una evolución lógica—. En mis dos primeras novelas, El búnker de NoéEstación Orichalcum, esbocé en clave de thriller un panorama del futuro que nos aguardaba (algo similar llevé a cabo en Albatros.) Por desgracia, muchas de mis predicciones se cumplieron. Con mi amada Los pasajeros traté de dar un paso más y sugerir algunas medidas de tipo colectivo o social que podríamos desarrollar.

Huelga decir, en especial a aquellos que ya me conocéis, que mi interés por las pistolas, las conspiraciones, las persecuciones y todo lo que conforma la literatura de acción no me interesa en absoluto. Mis novelas han sido un medio para transmitir de manera «ligera» un contenido filosófico.

Por otra parte, no puedo negar que me considero un hombre de acción y que limitarme a la contemplación y a la sesuda reflexión no me resulta suficiente. Es por ello que cada vez estoy más implicado en temas y proyectos que tienen por objeto la mejora y evolución del ser humano, como tecnología y robótica aplicada a las ciencias de la salud (p. ej. Limbitless Solutions), prototipos de Inteligencia Artificial o modelos educativos alternativos (de momento) y más sensibles a la multiplicidad (admito haber sido influido en este punto por autores como sir Ken Robinson o Tony Robbins o las famosas charlas TED—y es que lo que algunos consideran que es el futuro inmediato de la educación ya es casi «obsoleto» si atendemos a los nuevos criterios y parámetros—.)

Estos proyectos llaman actualmente mi atención casi tanto como la propia literatura (empiezo a entender por qué autores como Cormac McCarthy reconocen sentirse más cómodos con científicos que con sus semejantes —dicho lo cual, yo me hallo de maravilla entre colegas escritores—.)

Puedo, por tanto, adelantaros que en 2016 lo más probable es que no aparezca ninguna novela nueva; quizá alguna reedición de las anteriores (nuevas editoriales y formatos) y la publicación de mi primera novela inédita (mucho más personal y alejada de mi producción habitual), pero nada de nueva producción. Lo que sí puedo confirmar es que a partir de ahora mi deseo, dentro del campo de la literatura, es elaborar algunas propuestas de tipo individual que cada uno de nosotros puede llevar a cabo a fin de mejorar el entorno y, por supuesto, la vida de uno mismo/a. Y en ello me encuentro ahora mismo: combinando la literatura dentro de estos nuevos parámetros con mis otros proyectos personales, sobre los que hoy he querido hablaros a fin de que no os asustéis cuando me escuchéis tratar asuntos «muy raros». No he perdido la cabeza [:-D], es sólo que he llegado a la conclusión de que tal vez un día la gente deje de leer libros y novelas —al menos tal y como lo ha venido haciendo hasta la fecha— pero hay algo que nunca cambiará: el deseo y la necesidad de avanzar hacia adelante.

Es justamente lo que me propongo y lo que también quiero para vosotros.

Feliz 2016.

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Vivir (literalmente) en una biblioteca

Soy de los que opinan que un escritor se forja a base de lecturas y escrituras, pero también gracias a sus vivencias. Es más, creo que un escritor no está completo sin una leyenda personal, sin una serie de anécdotas que enriquezcan aquello que plasma en el papel. Un editor hábil sabe perfectamente que tales historias pueden llegar a vender más que los propios libros del autor. ¿Os suena el accidente de Stephen King? ¿La pobreza autoimpuesta de Cormac McCarthy –mencionada hasta la saciedad en esas «escasas» entrevistas que concede-? ¿La reticencia de Salinger o Thomas Pynchon a aparecer en los medios? ¿La afición (casi dedicación) de Murakami a correr? ¿Las…? La historia de la literatura está repleta de relatos mucho más suculentos en ocasiones que las propias tramas, hasta el punto que un escritor o escritora en particular se puede convertir en tu favorito sin haber leído una sola línea suya, gracias a su biografía.

No pretendo equiparme a los autores arriba mencionados –creedme, mi estupidez no llega hasta tal punto- pero sí me enorgullezco de haber llevado una vida poco convencional, cargada de aventuras y situaciones extraordinarias y hoy quiero relatar una experiencia de la que guardo un hermoso recuerdo.

Aunque las circunstancias y las condiciones que nuestra época impone me hayan llevado a acabar publicando mis novelas en formato digital, siempre he sido un lector prematuro y voraz, claro está, en formato papel. A los veintipocos ya me había hecho con una biblioteca de más de cinco mil ejemplares, lo que ocasionaba ciertos inconvenientes en casa. No tardé mucho en largarme y tuve que buscar un alojamiento para mis amados libros. El problema se mantuvo en mi nueva vivienda: demasiados libros.

La solución no tardaría en presentarse, aunque fuese de un modo relativamente drástico. Por razones que no vienen al caso, me vi en la necesidad de tener que buscar otro alojamiento, en este caso, para mis libros y para mí mismo. Fue cuando decidí habilitar una vieja oficina y convertirla en mi biblioteca. Una biblioteca en la que acabaría viviendo tres años, cuyas primeras semanas las pasé durmiendo en el suelo, sin cama. Por fortuna era de madera, y no os compadezcáis de mí; no recuerdo una periodo más divertido. Por aquella época vivía con una mujer (sigo haciéndolo y con la misma) y ella tampoco dio muestras de trauma.

Poco a poco fuimos acomodando la estancia: una pequeña cocina, una cama, un sofá y la ausencia de antena de televisión. Teníamos el aparato pero no la señal, de modo que sólo podíamos ver películas. Unas dos y media al día, lo que multiplicado por 1.095 (tres años) hace un total de…

Lo que empezó siendo una biblioteca instalada en una vieja oficina reformada acabó convirtiéndose en un hogar. Y como muchos hogares, teníamos vecinos. Ellos decidieron que aquella forma de vida no era todo lo monótona que exigían –a imagen y semejanza de las suyas, imagino- y se las ingeniaron para que nos echaran de allí so pena de pagar una multa que, por aquel entonces, escapaba de nuestras posibilidades. Otra mudanza.

Mantuve la oficina, pero muchos de los libros fueron trasladados a mi residencia habitual y ahora, casi una década después, he regresado a mi vieja biblioteca, a mi estudio. Ya no para vivir, sino para trabajar. Es un sitio excelente: sin ventanas ni conexión a Internet ni cobertura telefónica. Durante ocho horas al día vivo aislado. El sueño de Paul Auster. He decidido terminar mi novela Los pasajeros (The Passengers) allí, impregnándome del espíritu de otro tiempo. Un tiempo en el que sólo estábamos un papel, un lápiz y mi imaginación.

Y ésta es la historia que quería compartir con vosotros hoy. Tal vez, en otra ocasión, y siempre que os interese, os haga partícipes de otras aventuras no menos extraordinarias.

Terrorismo literario. Lista de atentados

 

Que nadie se alarme. Por fortuna no hubo muertos… bueno, alguno sí, pero de risa.

Aprovechando que la revista Qué Leer, en su número de febrero de 2013, ha celebrado el primer aniversario de la publicación de El búnker de Noé, he considerado oportuno hacer un pequeño balance de actos «terroristas» o «vandalismo literario» que he llevado a cabo con la colaboración y apoyo de los lectores –a quienes agradezco su labor desde aquí-.

 

1-      Todo comenzó con una propuesta curiosa: #uncafecongabri. La idea es sencilla y llamó la atención de numerosos medios, como El Cultural, El País o la revista Qué Leer en su número de verano 2012. Admito que no llegué a tomar un café con ningún lector (nadie se atrevió), pero fue un arranque impactante.

 

2-      Para la feria del libro de Sant Jordi 2012 dediqué e-books escribiendo la dedicatoria a mano, fotografiándola con Instagram y colgándola en Twitter. Un poco elaborado, pero los lectores agradecieron en gesto (y yo me debo a ellos, claro está).

 

3-      La relación con ellos llegó a tal extremo que decidí publicar una versión corregida de El búnker de Noé gracias a las aportaciones de los propios lectores. Nadie mejor que ellos para decirle a un autor qué es lo que quieren…

 

4-      Mi ilustrador habitual y amigo personal Andrex (@DRISMANN) tuvo la idea de traducir El búnker de Noé al inglés y nada mejor que una llamada al Crowdfunding, que dio como resultado una interesada en traducir íntegramente la novela al inglés. Noah´s Bunker verá la luz este 2013, lo cual me llena de ilusión y esperanza.

 

5-      Para el lanzamiento de Estación Orichalcum, mi segunda novela y última entrega hasta la fecha de la llamada Serie Anonymous, decidimos «boicotear» Amazon, dejando bien claro que el algoritmo que regula el ranking era absolutamente vulnerable. Acordamos llevar a cabo una compra masiva del libro el día del estreno: 21 de diciembre de 2012 a las 12:00 (jugando con la fecha de un fin del mundo que, finalmente, no tuvo lugar). No llegamos situarnos en el número 1, sino en el 3, aunque se vendieron cerca de 100 ejemplares en menos de dos horas.

 

6-      Finalmente, coincidiendo con mi decisión de abandonar las mega plataformas tipo Amazon o Kobo –al menos de manera directa (lo que hagan las editoriales no es asunto mío)-, y cuya justificación encontraréis aquí, decidí llevar a cabo un golpe definitivo que borrase la frontera entre el autor y el lector, atendiendo al hecho de que vivimos en un mundo tan interactivo que mantener dicha distinción se presenta como algo erróneo y obsoleto.

 

Esta última «broma» fue la que llamó la atención del redactor de Qué Leer y tuvo a bien hacerme una entrevista que me emocionó sobremanera, dado que, al menos hasta donde yo llego, nunca un autor indie había sido entrevistado en exclusiva para una publicación de tal envergadura sin haber fichado antes por una editorial. ¿Cómo es posible que un outsider de las letras se cuele en esa revista mientras las editoriales dan palos de ciego y se limitan a lamentarse por las pérdidas que sufren? Alguien está apuntando en la dirección equivocada al no escuchar a los lectores. En cualquier caso, me temo que no soy yo quien puede aportar una respuesta al respecto.

 

La misión de este resumen o repaso es dejar clara una idea bien sencilla: que los escritores independientes pueden plantar cara a la industria editorial mediante técnicas de guerrilla. No podemos asegurar un determinado resultado, pero sí que recorreremos el camino con una sonrisa imborrable. En los tiempos que corren, es todo un lujo a no desaprovechar.